Cada año, al conmemorarse el Día Internacional de la Mujer, el lenguaje público suele detenerse en una enumeración de atributos que, aunque ciertos, resultan insuficientes para describir la verdadera dimensión histórica, social y cultural de la presencia femenina en el mundo. Se habla de ternura, de belleza, de dulzura y de sensibilidad, rasgos profundamente arraigados en el imaginario colectivo, pero que apenas rozan la superficie de una realidad mucho más compleja.

Su presencia en espacios de liderazgo no constituye sólo un asunto de representación simbólica; implica transformaciones concretas en la manera en que se gestionan los recursos, se planifican los proyectos colectivos y se definen las prioridades sociales y con frecuencia están en la base misma de los procesos productivos, fundando emprendimientos, liderando iniciativas comunitarias o dirigiendo organizaciones en campos tan diversos como la educación, la ciencia, la cultura y la política.

Uno de los aspectos más decisivos de su papel histórico se encuentra en la formación de generaciones, porque desde las aulas hasta el ámbito del hogar, millones de mujeres participan diariamente en la formación intelectual, moral y emocional de niños y jóvenes y la pedagogía contemporánea reconoce cada vez con mayor claridad su papel en la transmisión de valores, en la construcción de hábitos de convivencia y en el desarrollo del pensamiento crítico.

La historia universal ofrece ejemplos contundentes de esta capacidad transformadora. La científica Marie Curie abrió nuevos horizontes para la física, la química y la medicina moderna; la activista Rosa Parks desencadenó uno de los movimientos sociales más influyentes del siglo XX; y la labor humanitaria de Mother Teresa colocó en el centro del debate global la responsabilidad ética frente al sufrimiento humano.

Colombia también posee una historia marcada por mujeres de extraordinaria determinación. Policarpa Salavarrieta simboliza el coraje en la lucha por la independencia, mientras figuras como Débora Arango en el arte, Ángela Restrepo Moreno en la ciencia y Fanny Buitrago en la literatura representan ejemplos notables de creación, pensamiento crítico y contribución intelectual. A ellas se suman voces fundamentales de la identidad cultural como Gracierla Arango de Tobón, Leonor González Mina, Maruja Hinestroza o Petrona Martínez, quienes han consolidado, desde la música, una memoria recóndita del país.

Por eso resulta imprescindible dejar de caer en el juego superficial de los homenajes efímeros y superficiales que abundan cada Día Internacional de la Mujer, cuando se las define como “las que nos acompañan”, “las mitades”, “las que están detrás del hombre exitoso” o “las que nos animan”; nombrarlas de ese modo es asignarles un lugar secundario en el relato de la civilización, como si su papel consistiera únicamente en orbitar alrededor de las decisiones y aspiraciones de los hombres.

La historia demuestra exactamente lo contrario: las mujeres no han sido acompañantes del proceso humano; han sido protagonistas activas en la construcción de la vida social, cultural, económica y política de los pueblos y reducirlas a metáforas de compañía equivale a desconocer su condición de agentes plenos de transformación. 

¿Verán las generaciones presentes a una mujer conduciendo los destinos del país? La respuesta no se encuentra en una especulación retórica ni en los discursos conmemorativos, sino en una transformación más profunda: dejar de mirar a las mujeres como figuras complementarias y reconocerlas, sin reservas ni condicionamientos, como sujetas plenas de autoridad, pensamiento y decisión.

Solo cuando la sociedad esté dispuesta a depositar en sus manos la responsabilidad integral de orientar el rumbo nacional, será posible abrir un horizonte distinto para un país que durante décadas ha permanecido atrapado en viejas lógicas de poder: prácticas políticas marcadas por el machismo, pulsiones autoritarias y estructuras que, generación tras generación, han reproducido las mismas trampas históricas que alimentan la violencia y prolongan una guerra que parece no terminar.

Quizá entonces Colombia pueda acercarse, por fin, a la promesa que aún resuena inconclusa en las estrofas del Himno Nacional de Colombia, cuando proclama que “cesó la horrible noche”; una afirmación que, para millones de colombianos, continúa siendo más un anhelo que una realidad consumada.

Resulta necesario entonces abandonar ese lenguaje que las presenta como “mitades”, porque la realidad contemporánea demuestra que esa definición ya no corresponde a su papel en el mundo.

Como lo expresa una de mis canciones próximas a ver la luz: “Ellas ya no son mitades; son el todo o nada”. Una afirmación que no busca ser un gesto retórico, sino una constatación de la época que vivimos y un tiempo en el que la mujer no ocupa un lugar complementario en la historia, sino un lugar esencial en su construcción.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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