“No hay cuña que apriete más que la del mismo palo”, dicen eruditamente los abuelos.

Y es que en ese sabio refrán se condensa una observación persistente sobre la conducta humana porque la intensidad del daño no depende únicamente de la acción, sino del lugar desde donde proviene.

Cuando la afectación surge dentro del círculo de pertenencia, familiar, afectivo, institucional o profesional, adquiere una profundidad distinta, porque actúa sobre vínculos previamente sostenidos por la confianza.

Desde un análisis técnico, este fenómeno se sustenta en la proximidad relacional y en una marcada asimetría de información emocional, por cuanto los vínculos cercanos no solo comparten experiencias, sino que concentran información crítica sobre expectativas, límites y zonas de vulnerabilidad que terceros desconocen.

Ese conocimiento no es neutro y en manos de quien decide quebrantar la lealtad, se convierte en una ventaja operativa que facilita el acceso directo al punto de mayor exposición del otro.

Bajo estas condiciones, el daño no es fortuito ni difuso, es intencional, dirigido y eficaz, porque se ejecuta sobre un terreno previamente explorado, y es que no se trata, entonces, de una simple ruptura, sino de una incursión calculada que utiliza la intimidad como instrumento y compromete con precisión estructuras ya consolidadas.

No todos los vínculos que comparten origen operan bajo los mismos principios, toda vez que la pertenencia no homologa conductas ni garantiza rectitud, incluso dentro del entorno familiar coexisten perfiles disímiles, y en algunos casos surgen individuos que instrumentalizan esa cercanía para causar daño y, acto seguido, se repliegan en el propio vínculo como mecanismo de cobertura y cobardía.

La familia, que debería implicar responsabilidad mutua, es utilizada entonces como escudo; un espacio donde se diluyen responsabilidades, se normalizan excesos y se dificulta la sanción, dinámica que no solo agrava la lesión inicial, sino que perpetúa un circuito de impunidad sostenido por la misma estructura que debería contenerla.

Conviene, entonces, eliminar cualquier idealización sobre la cercanía, porque compartir origen, trayectoria o identidad no implica coincidencia ética ni la pertenencia garantiza lealtad.

Por otra parte, la confianza no debe ser asumida como un atributo automático de la cercanía o de los vínculos familiares y supone reconocer que los vínculos como primos, hermanos, tíos, entre otros, requieren consistencia en el tiempo, claridad en los acuerdos y una lectura realista de las dinámicas humanas., porque no se trata de instalar sospecha permanente en el ámbito familiar, sino de asumir que la solidez de un vínculo se acredita en hechos verificables y no en afinidades declamadas que rara vez se traducen en conductas consistentes.

Allí donde se entrega la intimidad sin resguardo, también se habilita el margen para la lesión más precisa y cuando la palabra no encuentra respaldo en la conducta, la relación pierde integridad y el daño adquiere una densidad mayor, porque proviene de quien conocía los límites y eligió traspasarlos.

La gravedad se intensifica cuando quienes comparten la misma sangre ejecutan la ruptura con pleno conocimiento de los límites que transgreden y es ahí cuando el daño deja de ser circunstancial y se convierte en una afectación estructural e irreversible.

Definitivamente, “no hay cuña que más apriete que la del mismo palo”

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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