Existe una curiosa transformación social que ocurre apenas una persona se pensiona.
Durante décadas fue simplemente “el que trabajaba”, “el que madrugaba”, “el que pagaba recibos”, “el que nunca tenía tiempo”. Pero basta que aparezca la resolución pensional para que, de manera casi milagrosa, el personaje adquiera una relevancia familiar inesperada.
El teléfono vuelve a sonar, los sobrinos reaparecen, los hijos recuerdan la importancia de visitar a sus padres, las nueras y los yernos hacen cuentas en el cuaderno de los inventarios y ciertos parientes desarrollan una sensibilidad afectiva admirablemente sincronizada con la fecha de pago de la mesada.
Todo esto ocurre alrededor de un detalle que suele olvidarse con una facilidad verdaderamente conmovedora; la pensión no es un regalo estatal, ni un premio por buena conducta ciudadana y mucho menos una cortesía administrativa financiada por el espíritu altruista de los gobiernos de turno.
No, señores. La pensión es, simple y llanamente, el resultado de los ahorros obligatorios que un trabajador acumuló durante toda su vida productiva mediante descuentos sistemáticos y aportes permanentes realizados mes tras mes sobre su salario.
Es decir, mientras el trabajador sobrevivía a horarios imposibles, oficinas sofocantes, jefes temperamentales, algunos acosadores y aumentos salariales que rara vez alcanzaban para algo más que sobrevivir dignamente, el sistema le descontaba religiosamente un porcentaje de sus ingresos “para su futuro”; un futuro que curiosamente llega acompañado de formularios, filas, querellas, reposiciones, certificaciones y personas que hablan de la pensión como si fuera una concesión divina otorgada por alguna oficina celestial.
La ironía resulta aún más curiosa, toda vez que al trabajador le retuvieron durante cuarenta años una parte de lo que legítimamente le pertenecía, administraron estos recursos, los movieron entre cálculos actuariales, los trabajaron y le ganaron cada segundo, los sometieron a estructuras financieras de jugosos lucros; y luego, cuando finalmente se jubila, todavía hay quienes esperan que agradezca emocionado porque le devuelven una pequeña porción de aquello que él mismo financió durante media existencia.
¿Por qué conviene insistir en algo elemental si esos recursos salen, en buena medida, del ahorro del propio pensionado, de sus aportes, de sus descuentos obligatorios, de ese dinero que nunca llegó completo a sus manos mientras estaba en plena capacidad productiva?
Cada mesada tiene detrás una historia muda de sacrificio económico, es decir, que no hay magia, no hay beneficencia, por el contrario, lo que hay son décadas enteras de cotizaciones descontadas puntualmente, incluso en épocas donde el trabajador apenas lograba equilibrar sus cuentas para sobrevivir.
Y quizá por eso resulta tan peculiar escuchar ciertas opiniones despectivas hacia los pensionados, como si fueran ciudadanos subsidiados por la paciencia infinita del Estado, cuando en realidad fueron ellos quienes ayudaron durante años a sostener el mismo sistema que hoy les devuelve parcialmente y en pequeñas dosis sus aportes.
El pensionado no vive de favores; vive, en gran medida, de un ahorro forzado que construyó durante toda su vida laboral y luego aparece otro fenómeno todavía más interesante: el uso colectivo de la pensión ajena.
Hay familias que desarrollan una capacidad extraordinaria para distribuir anticipadamente recursos que nunca cotizaron: hijos adultos perfectamente saludables, pero misteriosamente incapaces de sostenerse solos; nietos convertidos en proyectos financieros permanentes; y parientes que descubren necesidades urgentes apenas el pensionado cobra su mesada. El adulto mayor que soñó con descansar termina nuevamente convertido en soporte económico familiar, financiando generaciones enteras desde una pensión que originalmente debía servir para garantizar tranquilidad en sus últimos años, y todo esto acompañado, por supuesto, de discursos solemnes sobre la unión familiar, el cariño y la solidaridad… pronunciados casi siempre desde la comodidad del bolsillo ajeno.
Lo más llamativo es que muchos pensionados terminan sintiendo culpa cuando intentan disponer libremente de un dinero que literalmente les pertenece, como si después de cuarenta años cotizando todavía necesitaran autorización moral para gastarse en ellos mismos aquello que ahorraron durante toda una vida y mientras tanto, la sociedad sigue observando la jubilación con una mezcla extraña de lástima y sospecha porque tal vez, el pensionado deja de ser “activo laboralmente” y algunos concluyen que también dejó de ser útil.
Las oficinas olvidan rápidamente décadas de experiencia, el teléfono deja de sonar y aparece esa absurda idea de que quien ya no produce utilidades empresariales debe resignarse a existir discretamente en un rincón del mundo; pero la jubilación no debería ser una condena a la invisibilidad y más bien debería ser, precisamente, la recuperación del tiempo que el trabajo consumió durante décadas.
Un pensionado todavía puede enseñar, viajar, escribir, estudiar, crear, enamorarse de nuevos proyectos o simplemente descansar sin sentirse culpable por ello.
En Colombia, el sistema contempla pensiones de vejez, invalidez y sobrevivientes y también existen mecanismos legales para la sustitución pensional cuando el titular fallece, permitiendo que ciertos beneficiarios accedan a la prestación bajo condiciones establecidas en la Ley 100 de 1993 y desarrollos jurisprudenciales posteriores; sin embargo, incluso después de la muerte, la pensión continúa provocando disputas familiares que a veces revelan más interés económico que afectivo.
Y quizá ahí aparece la conclusión más irónica de todas porque muchos pensionados pasaron la vida trabajando para ahorrar obligatoriamente un dinero que al final termina siendo esperado, administrado, opinado y hasta reclamado por terceros con sorprendente sentido de pertenencia.
Finalizo este pequeño análisis señalando que el trabajador financia durante décadas su propia pensión y luego algunos actúan como si estuvieran haciéndole un favor cuando simplemente le devuelven una parte de lo que siempre fue suyo y más hoy cuando esos recursos se han convertido en una especie de botín de corral gallero, para mirar quién explota y quién saca réditos de la jugosa tajada ajena.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
