Hay demonios que no aparecen con cuernos, fuego ni sombras aterradoras; no anuncian su presencia con estruendo ni entran derribando puertas; llegan silenciosamente, se sientan a la mesa de los amigos, entran a las salas de ensayo, ocupan reuniones de trabajo, aparecen en movimientos sociales, proyectos culturales, agrupaciones musicales, empresas, familias y gobiernos; son huéspedes discretos, sonríen, aplauden, felicitan, ensalzan y, cuando menos se advierte, ya están instalados en el centro de la conciencia humana. Ese demonio tiene un nombre tan antiguo como la vida misma y es el ego.
El ego, en su forma natural, no es enemigo del ser humano porque toda persona necesita una identidad, una conciencia de sí misma y una valoración personal para caminar por la vida, pero el problema aparece cuando esa fuerza abandona su función de equilibrio y se transforma en apetito de superioridad y entonces deja de ser una herramienta interior y se convierte en una criatura hambrienta que necesita alimentarse permanentemente de aplausos, reconocimiento, obediencia, admiración y protagonismo.
Es allí cuando el ego deja de servir al ser humano y comienza a servirse de él, deja de ser un instrumento de construcción personal para convertirse en una fuerza devoradora que lentamente invade la conciencia, altera las prioridades y cambia el sentido de las relaciones humanas.
Como una enfermedad silenciosa, entra en los proyectos colectivos y empieza lentamente a cambiar las reglas; donde antes había una causa, ahora aparece una competencia; donde existía un sueño común, comienza la lucha por el protagonismo; donde varios remaban hacia una misma orilla, uno empieza a querer ocupar el timón, la brújula y el mapa.
Ese es uno de los daños más profundos del ego, sustituir el “nosotros” por el “yo”; cambiar la construcción compartida por el pedestal individual y convertir la cooperación en una batalla de vanidades.
Muchos proyectos no fracasan por falta de talento, tampoco desaparecen por escasez de recursos ni mueren porque falten ideas. ¡No! Lo que pasa es que innumerables iniciativas terminan desplomándose porque alguien comenzó a enamorarse más de su reflejo que de la obra colectiva y alguien dejó de mirar el objetivo y empezó a contemplarse a sí mismo.
La historia humana está llena de ruinas construidas por egos gigantescos; pueblos fracturados, guerras, movimientos destruidos, amistades rotas y sueños agrupados reducidos a cenizas por la necesidad enfermiza de dominar, controlar y recibir la totalidad de los reconocimientos.
El mundo conoció gobernantes y líderes que prefirieron incendiar naciones enteras antes que aceptar límites a su poder; hombres convencidos de que la historia giraba alrededor de sus nombres y que terminaron confundiendo liderazgo con adoración personal porque creyeron ser imprescindibles y en nombre de esa idea arrastraron millones de vidas hacia el dolor y la tragedia.
Pero el ego no habita únicamente en los grandes palacios, tampoco vive exclusivamente en los gobiernos o en los escenarios del poder; aparece en las oficinas, en los grupos artísticos, en las fundaciones, en los colectivos, en los salones de ensayo y hasta en las reuniones familiares.
La historia del arte tampoco escapó a esa enfermedad; cuántas agrupaciones musicales terminaron fracturadas porque alguien dejó de escuchar y comenzó únicamente a exigir ser escuchado; cuántos proyectos culturales desaparecieron porque la causa colectiva fue desplazada por la necesidad individual de convertirse en el centro de la fotografía, el dueño absoluto del micrófono o el único nombre escrito con letras gigantes.
El ego pocas veces destruye de golpe; trabaja lentamente; primero susurra: “¿Por qué él recibe más aplausos?” Después pregunta: “¿Por qué no soy yo?”; finalmente sentencia: “Sin mí esto no existe”; y justo allí comienza el desastre.
Porque el ego inflado tiene una característica extraña y es que prefiere destruir una obra antes que compartirla; prefiere ver caer un proyecto antes que aceptar que otros también tienen mérito y muchos están dispuestos a incendiar la casa con tal de no entregar las llaves.
Quizás por eso tantos sueños colectivos terminan convertidos en cementerios de posibilidades y tantos proyectos que nacieron para transformar comunidades terminan hundidos por rivalidades absurdas, competencias internas y pequeñas guerras personales.
El fenómeno aparece en todos los niveles; el aprendiz de guitarra que después de tres tutoriales se presenta como maestro; el compositor incipiente que desprecia a quienes llevan décadas estudiando la estructura coherente de una creación; el portero que se siente gerente; el dragoniante que posa de general; el ayudante que se presenta como director; el que recoge cables y carga cámaras y se proclama periodista; el que pone dos ladrillos y se presenta como arquitecto.
No existe nada malo en soñar; aspirar es una de las fuerzas más hermosas del ser humano; imaginar un futuro mejor es parte natural de la condición humana; el problema aparece cuando se pretende saltar el camino, ignorar las etapas y suponer que el reconocimiento puede sustituir la preparación.
El conocimiento tiene escalones, la experiencia tiene estaciones, la madurez exige procesos y la verdadera grandeza casi siempre tiene una característica silenciosa y es que no necesita anunciarse a gritos.
Las personas verdaderamente sabias suelen comprender algo que los egos inflamados olvidan; cada etapa tiene un aprendizaje, cada peldaño exige humildad y cada avance requiere paciencia, porque incluso después de alcanzar la cima aparece otro peligro y es la soberbia, porque muchos tardan treinta años construyendo una reputación y apenas unos meses destruyéndola y todo porque el aplauso permanente produce espejismos, la admiración continua altera la percepción y algunos comienzan a creer que el reconocimiento recibido los convierte en seres superiores.
Es allí donde el ego cambia nuevamente de máscara y se viste de vanidad y entonces aparecen personas brillantes que terminan aisladas, líderes que destruyen sus equipos, artistas incapaces de trabajar junto a otros y creadores que convierten el talento en un trono desde donde observan el mundo.
Sin embargo, la vida insiste en recordar una verdad inaplazable, y es que todos avanzamos hacia el mismo destino; las jerarquías desaparecen, los títulos se quedan, los aplausos se apagan, los cargos se esfuman, los ciclos se cierran y al final todos compartimos exactamente la misma condición humana.
Al final nos vamos hacia el mismo lugar y el tiempo termina igualando lo que la vanidad quiso separar, y muchos, en un acto incomprensible, prefieren llevarse consigo proyectos enteros, destruir procesos o arrastrar sueños colectivos antes que entregarlos al servicio de una causa mayor.
Quizás una de las formas más peligrosas de deformación humana sea precisamente esa. Creer que la vida nos puso por encima de los demás y no junto a los demás.
Tal vez el verdadero antídoto contra ese demonio vestido de ego sea recordar algo extremadamente simple; nadie llega completamente solo, nadie construye una historia sin otras manos, nadie levanta una obra sin ayuda, y nadie, por grande que se crea, está por encima del tiempo, de la realidad o de la condición humana.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
