Lo que padece la sociedad actual no es una simple crisis de la democracia, sino la gestación de un comportamiento sectario que busca anular las libertades civiles básicas a través de la intimidación colectiva. El reciente episodio en el que el pedalista boyacense Nairo Alexander Quintana Rojas manifestó públicamente su simpatía hacia la propuesta del candidato presidencial Abelardo de la Espriella desató una oleada de virulencia digital que no puede despacharse como una simple anécdota.
Lo que presenciamos fue la puesta en marcha de un tribunal inquisidor. Un sector de la militancia, autoproclamado custodio de la moralidad y defensor absoluto de las causas populares, decidió que la soberanía individual de un ciudadano se anula en el momento exacto en que sus preferencias políticas no se alinean con la ortodoxia del proyecto que encabeza Iván Cepeda.
Es imperativo trazar una línea de demarcación ética antes de profundizar en el fango de los comentarios que inundaron las plataformas de este y otros medios de comunicación. El problema de fondo no radica en la libre propaganda política. Que los seguidores de una campaña utilicen las tribunas digitales para difundir afiches de velatones o promover a sus candidatos es un ejercicio legítimo del debate electoral, imposible y hasta innecesario de controlar por parte de los medios de comunicación.
El verdadero peligro, lo que realmente genera repugnancia y enciende las alarmas, es la degradación del contradictor a través del insulto más ramplón y abusivo. La reacción de este sector de la militancia dejó al descubierto un preocupante sesgo clasista y una profunda desconexión con los valores de respeto que pretenden defender.
La crudeza de las pantallas reveló un festival de odio sin matices ni pudor, donde apelativos como «bobo hijueputa», «malparido estúpido» o «bestia levantado» se convirtieron en el argumento estándar de quienes se asumen moralmente superiores. La bajeza de la agresión llegó al extremo de atacar su origen familiar, tildándolo despectivamente de «hijo de un reciclador» bajo la deplorable premisa de que «no hay peor rico que el que ha sido pobre», una muestra de resentimiento puro que no tiene cómo explicar qué tiene que ver la madre o la cuna de un héroe nacional con su derecho constitucional a elegir un candidato.
Esta pirotecnia de vulgaridad y saña no es un hecho aislado. Para este sector, el campesino o el colombiano de origen humilde solo es digno de respeto y reivindicación mientras actúe como un peón ideológico dócil, predecible y sumiso. Si ese mismo ciudadano decide, en pleno uso de sus facultades, respaldar una visión de país de corte diferente, se le despoja de su dignidad humana.
De inmediato cae sobre él todo el peso del matoneo digital, una práctica abusiva y sistemática que se ensaña contra cualquier personalidad reconocida o figura pública en el momento exacto en que decide expresar una postura que no se alinea con las simpatías del oficialismo. El castigo para el disidente es el linchamiento virtual, la descalificación profesional y el intento burdo de amordazar su criterio ciudadano a punta de agresiones colectivas en las redes.
Esta hostilidad patológica hacia la libre determinación no se limita a quienes toman partido de forma explícita, sino que persigue con sevicia a cualquiera que cometa el pecado de no someterse a la pleitesía oficial. El ejemplo más elocuente y mezquino de este fenómeno lo ha padecido James Rodríguez, el futbolista más grande y laureado en la historia de la Selección Colombia, máximo anotador de un mundial, ganador del premio Puskas en esa misma edición de la Copa del Mundo, y líder de la selección Colombia que mejor desempeño ha tenido en la historia de los mundiales. A James, las huestes del dogmatismo pretendieron despacharlo bajo el falaz argumento de que es un simple producto de la mercadotecnia, desatando contra él un odio digital desproporcionado por el simple hecho de mantener una distancia prudente frente al espectáculo político o por situaciones tan triviales como no haber saludado a la hija del Presidente. El matoneo se convierte así en una herramienta de castigo selectivo: si un héroe nacional se une a una alternativa electoral contraria es linchado, pero si decide mantener una cautelosa neutralidad y no se arrodilla ante el oficialismo, el castigo es exactamente el mismo, demostrando el grado de abuso de una militancia que sabotea los íconos deportivos de orgullo del país bajo una estricta lógica de subordinación obligatoria.
Resulta lícito interrogar a estos inquisidores de las plataformas virtuales sobre cuáles han sido sus ejecutorias individuales para pretender desautorizar a quien ha tocado el cielo en su disciplina y ha puesto en alto la bandera de Colombia. ¿Cuándo alguno de estos críticos ha logrado figurar en el tope de su país en algo? ¿Cuándo han sido los mejores en su propio campo como para mirar por encima del hombro a quien ha puesto el nombre de Colombia en la cúspide global?
Intentar vincular el declive natural en el rendimiento deportivo de un atleta que se aproxima al ocaso de su carrera con la legitimidad de sus opiniones políticas, mediante burlas que afirman que por esa postura es que «ya no corre», no es solo una falacia argumentativa insostenible, sino una manifestación de profunda mezquindad. El tiempo pasa para todos los cuerpos; sin embargo, la huella de la disciplina y el esfuerzo que permitieron a un colombiano codearse con la élite mundial no se borra con un puñado de publicaciones cargadas de frustración.
Cuando se demuestra que estas reacciones viscerales no son más que el reflejo condicionado de una masa incapaz de tolerar el pensamiento ajeno, cobra valor el ejercicio de recordar la dimensión exacta de las gestas que Nairo Quintana inscribió en las páginas de la historia mundial, devolviéndole la sonrisa a un país que había sepultado el entusiasmo por las bielas.
Cuando se demuestra que estas reacciones viscerales no son más que el reflejo condicionado de una masa incapaz de tolerar el pensamiento ajeno, cobra valor el ejercicio de recordar la verdadera dimensión de su leyenda, escrita no en los foros de la mezquindad, sino en el mármol perenne de la epopeya deportiva mundial. Nairo Quintana no corría; asaltaba la historia. La memoria de este país parece olvidar la tarde bendita del 20 de julio de 2013, cuando en plena fiesta nacional, las carreteras francesas testificaron una de las muestras de audacia más puras que recuerde el ciclismo contemporáneo. En el temible ascenso a Semnoz, durante la vigésima etapa del Tour de Francia, el joven boyacense de 23 años, debutante en la ronda gala, decidió que el asfalto era su territorio soberano, abrió las alas en el último kilómetro y, con una arrancada monumental, dejó petrificado y sin respuesta a la gran leyenda británica Christopher Froome. Aquella no fue una victoria cualquiera; fue el grito de resurrección de todo un país que vio a un hijo de su tierra encumbrarse en los Pirineos y los Alpes, vistiéndose con el color blanco de la juventud, la mítica camiseta de los lunares rojos de la montaña y el trofeo del subcampeonato del planeta, devolviendo para siempre la sonrisa al alma de la nación.
El Olimpo de las bielas volvió a rendirse ante su talante en el Giro de Italia de 2014, cuando la mítica maglia rosa de líder absoluto reposaba sobre la espalda del escarabajo hijo de los Quintana Rojas. La consagración definitiva aguardaba en la decimonovena fracción: una de las cronoescaladas más inclementes y descarnadas de las últimas décadas, un martirio de veintisiete kilómetros cuesta arriba que buscaba su corona en los altares de la Cima Grappa, un coloso despiadado donde la resistencia humana se agrieta. Fabio Aru y Rigoberto Urán habían impuesto registros superlativos que la lógica daba por insuperables, pero la ascensión del cóndor dinamitó cualquier cálculo racional; con una cadencia hipnótica, devorando las herraduras de montaña a golpe de riñón y orgullo, el boyacense destrozó todas las referencias temporales previas, abriendo una brecha de diecisiete segundos sobre el italiano y sentenciando el título por más de un minuto frente a su compatriota en una de las mayores exhibiciones de superioridad alpina de la época moderna.
Dos años más tarde, el 29 de agosto de 2016, la Vuelta a España trasladó su escenario cumbre al imponente puerto de los Lagos de Covadonga, un territorio mítico que custodia los recuerdos de las más grandes hazañas del ciclismo nacional. En aquellas rampas asturianas, donde en el pasado Lucho Herrera y Oliverio Rincón esculpieron triunfos históricos inolvidables para los colombianos, Quintana protagonizó una de las páginas más brillantes de estrategia y pundonor. Desafiando el asedio de sus rivales y enfrascado en un duelo directo frente al histórico Alberto Contador, el boyacense desató una ofensiva demoledora en los tramos más exigentes de la subida. Con un cambio de ritmo letal y milimétrico, Quintana quebró la resistencia del pedalista español en las curvas del puerto, marchando en solitario hacia la meta para conquistar la cima, adueñarse de la camiseta roja de líder y blindar un triunfo monumental que sostendría con autoridad hasta Madrid.

La regularidad de su excelencia competitiva volvió a manifestarse en el Giro de Italia de 2017, durante la novena fracción con meta en el temible Blockhaus, un puerto de veintiséis kilómetros de longitud que causa terror incluso entre los escaladores más experimentados. Con el contrarrelojista Tom Dumoulin acechando a escasos diez segundos en la clasificación general de aquel Giro, la estrategia exigía un golpe de autoridad en las pendientes más pronunciadas. Tras una preparación milimétrica de su escuadra, Quintana desató las hostilidades a falta de seis kilómetros para la cumbre, lanzando de manera consecutiva cinco ataques de una intensidad demoledora que reventaron de forma progresiva la resistencia de sus rivales directos, cruzando la línea en solitario para vestirse de rosa y asestar una diferencia de veinticuatro segundos sobre Thibaut Pinot y el propio Dumoulin, más allá de que este último terminaría arrebatándole el título.
Incluso en la madurez de su trayectoria, desafiando el desgaste natural del organismo, el pedalista ratificó su jerarquía en la decimoctava etapa del Tour de Francia de 2019. En un trazado alpino descomunal de doscientos ocho kilómetros que incluía tres exigentes puertos de montaña, Quintana se integró en la escapada del día. En las rampas del imponente Galibier, a trece kilómetros de la línea de meta, ejecutó una aceleración demoledora a la que nadie pudo contestar, coronando así el puerto en absoluta soledad.
Es este palmarés, compuesto por más de cincuenta victorias oficiales en el exigente circuito de los calendarios UCI , el que vuelve profundamente indignante el trato degradante propinado por sectores ciegos de dogmatismo político. Resulta asombroso olvidar los momentos en que este hijo de la tierra fue recibido en hombros por multitudes que colapsaron la Avenida Calle 26 de la capital de la República, transformando un trayecto rutinario de veinte minutos en una procesión de tres horas de fervor popular desde el aeropuerto hasta el centro de Bogotá, o colmando las plazas públicas de Boyacá para vitorear a un hijo de la tierra. Nairo Quintana ha sido el artífice de que el himno nacional resuene con dignidad en el extranjero, obligando al mundo a hablar bien de una geografía históricamente estigmatizada por flagelos asociados al narcotráfico, además de potenciar los atractivos turísticos ligados al deporte de las bielas. Restringir la validez de su pensamiento bajo premisas de resentimiento es un síntoma de una profunda degradación social.
Frente a la virulencia desatada, surgen voces que pretenden camuflar su intolerancia bajo un barniz de sofisticación analítica, argumentando que figuras públicas de la talla de Quintana deberían abstenerse de tomar partido en aras de preservar una supuesta neutralidad como símbolos de unidad nacional. Esta postura esconde un engaño conceptual profundamente tramposo. Nairo Quintana no es un funcionario público, no ejerce el monopolio de las armas del Estado, ni ostenta un cargo institucional que lo obligue a la imparcialidad. Es, ante todo un ciudadano, un héroe nacional por sus ejecutorias deportivas y un empresario privado que invierte en su país, abriendo almacenes comerciales y participando activamente en la cadena de transporte de papa y derivados agrícolas de su región para generar empleo real. Exigirle que renuncie a su voz política para no herir las susceptibilidades de las barras bravas de una ideología es una forma velada de amordazarlo y despojarlo de sus derechos civiles más elementales.
Quien tiene el deber ético y político de actuar como un factor de unidad, de convocar al consenso y de gobernar para la totalidad de la población es el Presidente de la República. Sin embargo, la realidad nacional demuestra que ha sido precisamente desde la máxima magistratura del Estado, bajo el mandato de Gustavo Petro, desde donde se ha inoculado un discurso de división que termina envenenando los corazones de los ciudadanos. Cuando los relatos oficiales acostumbran a la sociedad a fracturarse entre buenos y malos, las masas radicalizadas se sienten con la licencia moral de linchar digitalmente a un deportista o a cualquier compatriota que ose manifestar un pensamiento divergente. No estamos ante una agresión orquestada directamente por el aparato institucional en este caso específico, sino ante algo derivado de ello: una ciudadanía con el alma envenenada que actúa por reflejo condicionado, atacando con odio ciego a quien no se arrodilla ante sus dogmas.
Un entorno donde no se puede opinar sin terminar bajo un linchamiento masivo no puede etiquetarse bajo el rótulo de la normalidad democrática. La composición del debate público no radica en que un atleta exprese de manera pacífica y concisa su simpatía por una campaña, sino en que la respuesta de sus detractores sea la humillación, el insulto soez y la pretensión de decretar su desgracia. Un país no puede decidir su futuro bajo las lógicas mezquinas del resentimiento y el sectarismo; blindar el derecho de Nairo Quintana a elegir y a manifestarse es, en última instancia, blindar el derecho de cada ciudadano de a pie a seguir viviendo en libertad.
𝑷𝒐𝒓: 𝑫𝒂𝒏𝒊𝒆𝒍 𝑻𝒓𝒊𝒗𝒊𝒏̃𝒐 𝑩𝒂𝒚𝒐𝒏𝒂
Tomado de Periódico El Tunjano
