La demagogia política en la era de las plataformas digitales suele ampararse de forma sistemática en la memoria a corto plazo de las audiencias, pero los ciudadanos que sostienen con el pago diario de sus impuestos la infraestructura de Tunja no olvidan con la misma ligereza con la que se actualiza un perfil en las redes sociales. En los últimos días, el destituido exalcalde Mikhail Krasnov ha irrumpido en el debate público pretendiendo dictar cátedra sobre la administración de los recursos de la ciudad, asegurando con vehemencia que bajo su mandato jamás se cobró un solo peso por entrar a un cumpleaños de la ciudad.
Con esto, busca posicionar la narrativa de que su gestión consolidó una inversión cultural democratizada, transparente y orientada exclusivamente al beneficio popular. Este discurso de la supuesta gratuidad no es más que una falacia técnica insostenible, un sofisma de distracción que insulta abiertamente la inteligencia colectiva de los tunjanos. En la administración de una entidad territorial absolutamente nada es gratis; los espectáculos masivos, las tarimas itinerantes y los festejos que se coordinaron en ese periodo no se financiaron con recursos caídos del cielo ni salieron del patrimonio personal de Krasnov.
En esa misma línea de incongruencias discursivas, el exalcalde pretende sembrar suspicacias en sus redes sociales al cuestionar los motivos por los cuales no se ha ejecutado la tradicional Noche de los Museos durante el presente año. Lo que omite deliberadamente en su reclamo es que la realización de un evento de tal magnitud requiere de una estructuración técnica y de una asignación presupuestal formal que debieron quedar debidamente planeadas y financiadas bajo su propia vigencia administrativa. Al haber dejado el proceso completamente desprovisto de soportes financieros reales en el presupuesto heredado, su actual indignación digital resulta cínica, pues la parálisis de la actividad es la consecuencia directa de la total falta de planeación institucional que caracterizó el cierre de su propio mandato, en el que valga decir, la plata no alcanzó porque se quedó guardada en cuentas bancarias, sin ejecutarse.
Donde menos puede pretender dictar cátedra el exmandatario es en la eficiencia del gasto de los recursos públicos, especialmente cuando se examina la radiografía de su contratación cultural. Durante la vigencia 2025, su administración comprometió inicialmente la millonaria suma de 9.900 millones de pesos en un solo contrato destinado a la operación de la agenda cultural de la ciudad; un proceso que, lejos de mantener una rigurosa planeación fiscal, requirió de cinco adiciones presupuestales sucesivas hasta inflarse a un valor final que superó los 14.000 millones de pesos. Estas multimillonarias inyecciones de capital, destinadas casi en su totalidad a costear las costosas tarimas, fuegos de artificio y esquemas de seguridad en el Aguinaldo Boyacense, demuestran que las supuestas fiestas sin costo fueron en realidad un esquema financieramente nocivo que sobrecargó de forma desproporcionada el erario de Tunja. Bajo esa lógica de despilfarro, se obligó a miles de contribuyentes que jamás asistieron a un solo concierto a pagar la cuenta de un derroche desmedido, dejando claro que hablar de gratuidad es pura cháchara y que las celebraciones del pasado nos salieron sumamente caras a todos.
Frente a ese viejo vicio de inflar contratos culturales donde las utilidades se las llevaba completas el contratista privado y las pérdidas financieras las asumía de forma irresponsable el municipio, el modelo planteado para este año introduce un cambio de paradigma financiero necesario. El verdadero eje de esta operación y quien asume el riesgo absoluto del capital es el empresario privado que trae al artista al estadio. Él es quien pone la plata de su propio bolsillo y quien se expone a perderla si el escenario no se llena.

Bajo este esquema, la Alcaldía de Tunja queda blindada por completo de cualquier déficit logístico o comercial, rompiendo la nefasta costumbre krasnovista donde la ciudad pagaba los platos rotos del derroche. La participación de las instituciones públicas se limita estrictamente a que la Gobernación de Boyacá sufrague la presentación de los artistas teloneros de corte local, así como el préstamo del estadio, mientras que la Nueva Licorera de Boyacá asume un patrocinio que a su vez le significará exclusividad para la comercialización de sus productos en este concierto.
Es este tipo de eventos, en los que se gestiona la llegada de un artista de talla internacional sin que le genere costos a la ciudad, lo que verdaderamente conecta a Tunja con Colombia y con el mundo, beneficiando de forma directa a los comerciantes, hoteleros y restaurantes de la capital con el flujo de visitantes de otras regiones del país. Este esquema desbanca la retórica “internacionalista” de la pasada gestión, cuyos supuestos lazos mundiales se redujeron a viajes particulares del señor Krasnov, a nombre del municipio sin que representaran nada para este.
Bajo ese populismo de fachada cosmopolita, se trajeron artistas extranjeros sumamente costosos que la inmensa mayoría de la población tunjana ni siquiera conocía, financiados de forma impositiva con los tributos locales de una ciudadanía que tenía prioridades civiles mucho más urgentes. La utilidad de este esquema de riesgo privado actual es evidente cuando se contrasta con la propaganda del gobierno departamental, que suele utilizar la efeméride de la ciudad para anunciar millonarias inversiones viales como un supuesto «regalo».
El problema de fondo con esta narrativa publicitaria es que dichos anuncios institucionales suelen convertirse en promesas gaseosas que se demoran años en llegar, que nunca aparecen o que, cuando finalmente se materializan, terminan deficientemente ejecutadas. El contraejemplo fáctico de esa política de anuncios para la cumpleañera capital es el contrato número 235 (SIT 80) gestionado con la firma Tierrasua S.A.S. por 450.000.000 de pesos para la malla vial urbana, cuyo resultado final son parches deficientes y hundimientos viales prematuros que hoy deterioran las calles, y que han quedado consignados en el más reciente informe de auditoría financiera, de gestión y resultados que hace la Contraloría de Tunja a la administración municipal.
Las evidentes fallas de esas obras viales, comprobables al transitar por el municipio, confirman de manera contundente que las promesas de infraestructura requieren una severa veeduría técnica y un control de resultados riguroso antes que aplausos mediáticos en las tarimas, que es lo que se suele buscar en los cumpleaños de la ciudad. El erario municipal no puede seguir siendo el respaldo financiero de proyectos que nacen bajo el amparo de la propaganda institucional y terminan abandonados o mal ejecutados en los barrios de la ciudad, afectando directamente la calidad de vida y la movilidad de los habitantes.
En abierto contraste con el descuido de la infraestructura civil y vial de la era Krasnov, un acierto indiscutible de la actual administración municipal radica en el enfoque normativo implementado para salvaguardar la riqueza del Centro Histórico de cara al aniversario de la ciudad. Mediante la expedición del Decreto 114 de 2026, la Alcaldesa promovió un mecanismo preferencial inédito que rompe la pesada burocracia ordinaria al otorgar autorizaciones exprés y fichas técnicas rápidas para el mantenimiento, ornato e higiene de los inmuebles patrimoniales. Esta medida, complementada con el despliegue de un equipo técnico y gratuito de arquitectos restauradores que guían directamente a los propietarios locales, representa una verdadera política de apropiación y embellecimiento urbano sostenible que protege la identidad de Tunja sin arriesgar los recursos públicos en espectáculos efímeros.
Por su parte, la indudable conveniencia de que el inversionista privado asuma el riesgo económico total del espectáculo musical en el estadio constituye una lección de prudencia fiscal que las autoridades municipales deben internalizar de cara al futuro.
Sin embargo, esta correcta disposición del capital particular no exime bajo ninguna circunstancia a las administraciones actuales de su evidente torpeza comunicativa al momento de gestionar la difusión institucional del aniversario de Tunja ante la opinión pública.
Al catalogar erróneamente en las piezas publicitarias y en la rueda de prensa ante los medios este show comercial de taquilla como la actividad central del cumpleaños de la capital, e introducir el término de «artista invitado» en un evento donde el ciudadano común debe pagar obligatoriamente una boleta en la ventanilla, se genera una barrera económica abiertamente excluyente. Este error de estrategia le entrega en bandeja de plata la razón al discurso populista de Krasnov, pues al no desmarcar el show privado de la programación pública oficial, se valida la mentira de que antes todo era mejor simplemente porque el acceso era “libre”.
Esta preocupante falta de criterio político resulta doblemente contradictoria si se considera que, tras haberse consolidado que la Banda Sinfónica Nacional de Colombia tuviera su sede oficial en Tunja para la presente temporada, existen tanto el espacio como los recursos públicos incorporados para garantizar una oferta cultural de primer orden. Si parte del presupuesto departamental de cultura se destinó a asegurar la permanencia de esta prestigiosa institución musical en la capital boyacense, el verdadero acto central y gratuito del cumpleaños tendría que ser protagonizado por esta agrupación en un escenario público. Ya que la Gobernación dispondrá de fondos para cofinanciar a las agrupaciones locales, el deber ser de la administración radica en estructurar una bolsa de estímulos equilibrada que remunere dignamente a quienes complementarán el show privado del estadio, pero que también financie un circuito alternativo y de libre acceso donde los artistas locales dignifiquen la efeméride municipal junto a la Sinfónica Nacional.
Por todo esto, el verdadero cumpleaños de Tunja no puede, bajo ninguna circunstancia, secuestrarse ni reducirse a una tarima con fines de lucro dentro de un estadio de fútbol. El aniversario de la capital exige de sus gobernantes la estructuración de una agenda pública real, robusta, diversa, descentralizada y verdaderamente gratuita, que garantice un acceso irrestricto para todos los sectores, gustos, edades y corrientes de pensamiento de la sociedad, sin condicionar jamás la identidad municipal al poder adquisitivo de los asistentes.
La cultura no se democratiza exigiendo entradas en la puerta, ni la celebración de una fecha de trascendencia histórica se agota en un apéndice de la industria del entretenimiento privado. El debate real para las actuales autoridades radica en entender que la gestión de una capital se defiende con balances cuadrados, responsabilidad fiscal, transparencia contable y obras duraderas, y no pretendiendo tapar las deficiencias con shows de taquilla que dejan desprotegida la agenda de la ciudadanía que verdaderamente le da sentido al aniversario de Tunja.
𝑷𝒐𝒓: 𝑫𝒂𝒏𝒊𝒆𝒍 𝑻𝒓𝒊𝒗𝒊𝒏̃𝒐 𝑩𝒂𝒚𝒐𝒏𝒂
Tomado de Periódico El Tunjano
