La pregunta no es ingenua ni retórica; es, quizás, uno de los mayores dilemas éticos del ejercicio periodístico contemporáneo: ¿puede el periodismo sobrevivir sin someterse a la tiranía de las métricas de audiencia?
Todo indica que, para una buena parte de la industria informativa, la respuesta es negativa y no constituye un descubrimiento afirmar que los medios de comunicación, particularmente aquellos dedicados a la información diaria, dependen en buena medida de los índices de audiencia.
El rating dejó hace mucho de ser un simple indicador estadístico para convertirse en la unidad de medida del éxito empresarial, en el argumento de venta frente a los anunciantes y, lamentablemente, en el editor manipulador de numerosos contenidos.
Bajo esa lógica, la noticia ha sido desplazada por el espectáculo, el análisis por la confrontación y la investigación por la rentabilidad inmediata y lo relevante ya no es aquello que transforma la comprensión de la realidad, sino aquello que incrementa el tráfico, provoca indignación instantánea o garantiza la viralización de un fragmento de video, razón por la que el periodismo termina así compitiendo no por la calidad de sus preguntas, sino por la intensidad del escándalo mediático que logra provocar.
Resulta entonces habitual asistir a entrevistas donde el periodista abdica de su responsabilidad intelectual para convertirse en un simple administrador de controversias ajenas y preguntas como: «El señor X publicó en su cuenta de X que usted es un incompetente. ¿Qué le responde?» o «¿Qué opinión le merece el insulto que le lanzó su contradictor?»
Entrevistas diarias con preguntas como esta no buscan producir conocimiento ni esclarecer hechos; son apenas dispositivos narrativos diseñados para prolongar la confrontación, alimentar el algoritmo y garantizar el siguiente titular, ya que no se trata de periodismo sino de administrar combustible para mantener viva una hoguera cuya única finalidad consiste en producir más humo que luz.
Mientras horas enteras de transmisión se consumen amplificando agravios, descalificaciones personales y disputas estériles, permanecen relegados asuntos cuya trascendencia afecta directamente la vida colectiva: la educación, la ciencia, la productividad, la cultura, la sostenibilidad ambiental, la infraestructura, la salud pública, la innovación tecnológica, el desarrollo regional o el examen riguroso de las políticas públicas.
Esos temas, que exigen preparación, contexto y capacidad analítica, rara vez producen el vértigo comercial que exige la economía de la atención.
La paradoja resulta inquietante, ya que nunca la humanidad había tenido acceso a semejante volumen de información y, sin embargo, una parte mayúscula y significativa del ecosistema mediático parece empeñada en administrar superficialidad, por cuanto; se informa más, pero se comprende menos y se multiplican los titulares mientras escasean las explicaciones.
A ese fenómeno se suma una tendencia aún más preocupante: la aparición de un periodismo que parece haber sustituido la serenidad del criterio por la teatralización de la hostilidad y no son pocos los comunicadores que convierten la entrevista en un escenario de intimidación, exhibiendo sonrisas apenas insinuadas, cargadas de sarcasmo; miradas que buscan incomodar antes que comprender, y un lenguaje deliberadamente incendiario cuya finalidad no es esclarecer los hechos, sino exacerbar el conflicto.
En algunos casos, la pregunta deja de ser un instrumento para descubrir la verdad y se transforma en un proyectil cuidadosamente calculado para provocar la reacción más estridente, porque pareciera instalarse la equivocada convicción de que el prestigio profesional se conquista inspirando temor y no confianza; que la autoridad nace de acorralar al entrevistado y no de la solvencia intelectual con la que se formulan las preguntas.
Cuando esa lógica se normaliza, el periodista deja de actuar como intérprete crítico de la realidad para asumir el papel de protagonista del espectáculo y cuando esa deriva es alentada por empresas de comunicación que privilegian la confrontación como modelo de negocio, los medios terminan alejándose de su responsabilidad democrática cual es informar con rigor, ofrecer contexto, promover la deliberación pública y contribuir a una ciudadanía mejor informada.
En ese punto, el periodismo corre el riesgo de abandonar su vocación de servicio para convertirse en un fabricante de estridencias donde el ruido adquiere más valor comercial que la verdad, porque el periodismo no nació para engrandecer egos ni para arbitrar disputas de redes sociales.
Su función histórica consiste en interpretar la realidad, verificar los hechos, contextualizar los acontecimientos y ofrecer a la sociedad elementos suficientes para formar un criterio propio.
Cuando esa misión es reemplazada por la búsqueda compulsiva del rating, la información deja de ser un servicio público para convertirse en un producto de entretenimiento con apariencia de noticia.
Quizá el verdadero desafío no consista en eliminar el rating, porque toda empresa de comunicación necesita audiencias para subsistir pero, el reto radica en impedir que ese indicador editorialice la conciencia profesional de quienes ejercen el periodismo.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
