Definitivamente el poder tiene una memoria que no siempre queda escrita en los discursos y en ocasiones permanece en una fotografía, en una canción, en una oración, en el lugar escogido para pronunciar una primera palabra, en la mano que un presidente toma frente a las cámaras o en el ciudadano anónimo que, sin proponérselo, termina sentado junto a quienes han llegado a ocupar los lugares desde donde se decide el rumbo de una nación.
Quizá por eso una posesión presidencial no debería mirarse únicamente desde la solemnidad del protocolo, porque detrás del juramento, de la banda que cruza el pecho y de los honores que acompañan al nuevo mandatario existe otra ceremonia, menos visible y quizá más reveladora, en la que los gestos comienzan a construir la primera imagen del poder que acaba de nacer.
La posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de los colombianos para el periodo 2026-2030 tuvo precisamente esa condición y fue una ceremonia cargada de símbolos.
Música, espiritualidad, oración, presencia internacional, familia, ciudadanía, Fuerzas Militares y patria fueron apareciendo en una sucesión de imágenes que, observadas con detenimiento, parecían formar un relato sobre la manera como el nuevo Gobierno quería presentarse ante Colombia y ante el mundo.
Nada parecía limitarse al cumplimiento de una formalidad y cada lugar, cada presencia y cada desplazamiento agregaba una pieza a una composición que comenzó a tomar forma desde el momento mismo en que se decidió que Cali sería el escenario de la posesión.
Y tampoco fue un detalle menor que no fuera Bogotá porque durante décadas, la capital ha concentrado buena parte de los grandes rituales del poder nacional, pero esta vez la ceremonia salió de ese centro tradicional y llegó a Cali, una ciudad cuya historia reciente reúne música, cultura, desigualdad, movilización social, violencia, resistencia y profundas discusiones sobre la relación entre el Estado y sus ciudadanos.
Llevar allí la ceremonia significaba, por lo menos desde la lectura simbólica, desplazar por unas horas el eje habitual de la República y permitir que el nuevo Gobierno comenzara su recorrido desde otra geografía, desde otro paisaje humano y desde una ciudad que también representa muchas de las contradicciones de la Colombia contemporánea.
Mientras el protocolo iba acomodando a los invitados, la ceremonia comenzó a adquirir una dimensión internacional que merecía ser observada con detenimiento. Colombia no estaba sola y en el recinto aparecieron el rey Felipe VI de España, los mandatarios de Argentina, Chile, Ecuador, Panamà Bolivia y Paraguay, además de varias delegaciones oficiales que llegaron para acompañar el comienzo de la nueva administración.
También estuvo presente una delegación de los Estados Unidos, cuya presencia adquiría especial importancia por el peso estratégico de la relación entre Washington y Bogotá en asuntos que van desde la seguridad y la lucha contra las organizaciones criminales hasta el comercio, la cooperación y la estabilidad regional.
La fotografía comenzaba a ensancharse y ya no era solamente la de un presidente recibiendo una banda, sino la de un país mostrando ante sus vecinos, sus aliados y el resto del mundo al hombre que acababa de asumir la conducción del Estado.
Y entre aquellos rostros apareció uno particularmente singular, casi como una coincidencia que la crónica difícilmente podía dejar pasar. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, estaba allí. Apenas unos días antes, su rostro había aparecido una y otra vez en las pantallas de televisión del planeta durante la gran fiesta mundial del fútbol, cuando millones de personas seguían minuto a minuto los partidos, las ceremonias, los estadios y cada uno de los episodios de una competencia que durante semanas había concentrado la atención universal.
Ahora, casi sin transición, aquel mismo hombre que el mundo había observado desde los escenarios del fútbol aparecía sentado en Cali como invitado a una posesión presidencial colombiana. Dos universos que suelen encontrarse solamente en los grandes titulares coincidían en una misma fotografía: el fútbol, con su capacidad para convocar multitudes más allá de fronteras, y la política, con su capacidad para decidir el destino de los ciudadanos dentro de ellas.
El rey de España aportaba a la escena la dimensión histórica de una relación que sobrevive a los cambios de gobierno; los presidentes latinoamericanos recordaban que Colombia pertenece a una región con desafíos compartidos, intereses convergentes y también diferencias que deberán administrarse mediante la diplomacia; la delegación estadounidense introducía el peso de una relación bilateral que ningún gobierno colombiano puede tratar como asunto secundario; y la presencia de Infantino agregaba esa curiosa nota de contemporaneidad que hacía todavía más amplia la fotografía.
Los invitados no estaban allí únicamente para presenciar el momento en que Abelardo de la Espriella asumía la presidencia; también estaban observando qué Colombia comenzaba con él.
Las cámaras hicieron que aquella escena dejara de pertenecer exclusivamente al recinto y cada saludo, cada encuentro y cada fotografía comenzaron a circular como el primer retrato internacional de la nueva administración.
Después vendrán los acuerdos, la diplomacia, las relaciones comerciales, la seguridad regional, la cooperación y las posiciones que Colombia adoptará frente a un mundo cada vez más complejo, pero aquella tarde todavía no se discutían tratados ni presupuestos, porque se estaba construyendo una imagen, y las imágenes, en política, tienen la capacidad de revelar preguntas antes de que lleguen las respuestas.
En medio de ese escenario internacional, la música comenzó a cambiar la temperatura del recinto. La voz de Maía interpretó primera de manera muy particular el Himno de la república de Colombia donde por fin se escuchó con el acento legítimo que “El bien germina ya” y luego en ese mismo acento de virtuosa técnica vocal el Aleluya y, durante unos minutos, la política pareció entregar su encopetado y maquillado espacio a una dimensión distinta.
No era todavía el momento de hablar de reformas, economía, seguridad o programas de gobierno; era el instante de la sensibilidad. La elección de una obra musical en una ceremonia de Estado nunca es completamente inocente, porque la música puede decir aquello que un discurso necesita muchas páginas para explicar. Una frase puede ser discutida; una melodía puede quedarse en la memoria, y aquel Aleluya pareció preparar el camino para la dimensión espiritual que ocuparía después un lugar visible en la ceremonia.
La presencia inmaculada y predominante de la Virgen de Fátima reforzó esa lectura y su imagen, vinculada dentro de la tradición católica con la oración, la conversión y la paz, introdujo en el acto presidencial una referencia que trascendía el protocolo.
Después llegaron las oraciones, pronunciadas desde diferentes expresiones religiosas, y la ceremonia pareció construir durante unos instantes un cigoñal entre el poder temporal y una dimensión espiritual que no necesitaba ser explicada para ser comprendida.
No corresponde convertir una imagen religiosa en certificado de virtud ni utilizarla como argumento automático de aprobación o rechazo ya que la fe pertenece a la conciencia de cada persona; pero la decisión de incorporar determinados símbolos religiosos a una ceremonia pública sí puede ser leída políticamente, y allí el mensaje parecía suficientemente claro: el nuevo Gobierno quería que su primera imagen estuviera acompañada por una referencia a lo trascendente, por una invocación de protección y por una idea de paz que encontraba en Fátima uno de sus signos más visibles.
Fue entonces cuando apareció don Luis Felipe, y la solemnidad del escenario encontró de pronto un rostro cotidiano. No era mandatario, diplomático, empresario ni dirigente, era un ciudadano y su historia había adquirido notoriedad porque fue señalado y castigado por haber decidido votar por el Tigre, y precisamente por eso su presencia tenía una carga que excedía la anécdota personal.
En una democracia, el voto no debería convertirse en una marca que condene a quien lo ejerce, porque se puede perder una elección, ganar una elección, disentir, equivocarse o cambiar de opinión, pero ninguna de esas circunstancias debería convertir la preferencia política en motivo de exclusión o represalia.
Don Luis Felipe llevó a la ceremonia algo que difícilmente podía llevar cualquiera de los grandes y encopetados invitados: la historia sencilla de un ciudadano que había tomado una decisión en una urna y terminó pagando un precio por ella y en medio de las personalidades del poder, su presencia recordaba que la democracia no comienza en los palacios, en los congresos ni en los cuarteles, sino en el instante silencioso en que una persona deposita un voto y espera que su decisión sea respetada.
Allí estaba, sentado entre quienes habían contribuido a llevar al poder al hombre por quien había decidido votar, convertido casi sin proponérselo en símbolo de una libertad que debería resultar elemental, cual es la libertad de elegir sin tener que pedir perdón por haber elegido.
La ceremonia avanzaba y, mientras algunos buscaban en cada instante un motivo para prolongar el espectáculo mediático, la propia sucesión de acontecimientos ofrecía suficiente materia para quien quisiera mirar con atención y entonces ocurrió uno de los momentos más sugestivos de la jornada. Las luces del auditorio se apagaron y el presidente desapareció del escenario como por arte de magia.
Durante unos instantes, la escena quedó suspendida y el hombre que acababa de recibir la investidura ya no estaba allí y lo que parecía una transición terminó convirtiéndose en una de las imágenes más significativas de la jornada: Abelardo de la Espriella abandonaba el recinto para dirigirse al Batallón Pichincha, donde pronunciaría su primera alocución presidencial.
En términos logísticos podía tratarse simplemente de un desplazamiento, pero en términos políticos era mucho más, toda vez que los lugares hablan, y un presidente que decide pronunciar sus primeras palabras desde una instalación militar está utilizando un lenguaje diferente al de quien permanece en un escenario estrictamente civil.
El auditorio universitario quedó atrás y aparecieron los uniformes, las banderas del tricolor nacional, los honores militares y la arquitectura de una institución que representa la fuerza legítima del Estado. La ceremonia cambió de escenario y, con el escenario, cambió también la lectura.
El Tigre aparecía ahora entre quienes representan institucionalmente la defensa de la República. La imagen era poderosa, pero precisamente por ello merecía ser observada con la serenidad que exige una democracia toda vez que Las Fuerzas Militares no son una extensión personal del presidente, todo lo contrario; son instituciones de la República, sometidas a la Constitución, a la ley y al poder civil.
La verdadera autoridad, por eso, no consiste en exhibir la fuerza, sino en conseguir que la fuerza legítima del Estado permanezca dentro de los límites jurídicos que le dan sentido y legitimidad.
Desde allí comenzó a hablar el nuevo presidente, y el discurso dejó de pertenecer solamente a quienes estaban dentro del Pichincha. Las cámaras lo llevaron a Colombia y Colombia lo llevó al mundo.
El cuartel se convirtió en escenario nacional y el escenario nacional terminó convertido en imagen internacional y la decisión de cumplir la promesa de pronunciar allí la primera alocución presidencial no era solamente una cuestión de escenografía, sino una declaración política sobre la importancia que el nuevo Gobierno concedía a la seguridad, a las Fuerzas Militares, a la autoridad del Estado y a la idea de patria.
Pero mientras el Tigre aparecía frente a los uniformes, otra imagen, mucho más íntima sucedida minutos antes, mostraba al hombre detrás del personaje. El presidente junto a su esposa, tomándola de la mano, dejando por unos instantes que la solemnidad del cargo cediera ante la sencillez de un gesto familiar.
Frente al Estado estaba el Tigre; frente a los suyos y a su pequeña que saltaba inocente por el escenario, aparecía una mansa paloma y la imagen contenía una contradicción solamente aparente, porque el poder puede exigir dureza frente al adversario y, al mismo tiempo, permitir que un hombre encuentre tranquilidad en la mano de la persona que ama. La política construye personajes, pero la familia suele devolverlos a su condición humana.
Quizá por eso la ceremonia resultó tan cargada de significado y no necesitó adornos adicionales. Estaban los jefes de Estado, el Congreso, los gobernantes de regiones y ciudades, los designados por la Santa Sede, el rey de España, las delegaciones latinoamericanas, los representantes estadounidenses y el presidente de la FIFA; estaba Maía cantando Aleluya; estaba la Virgen de Fátima; estaban las oraciones; estaba don Luis Felipe con la historia de su voto; estaban los militares; estaba la familia; estaba el desplazamiento inesperado del presidente cuando las luces del auditorio se apagaron; estaba el Pichincha como escenario de la primera alocución y estaba, sobre todo, un país que observaba intentando descifrar qué clase de gobierno comenzaba.
Algunos periodistas, fieles a esa costumbre de repetir una misma escena hasta convertirla en espectáculo, buscaron polémicas donde quizá no eran necesarias y prolongaron determinadas imágenes como si el acontecimiento necesitara ser inflado para mantener la atención de las audiencias. Pero la ceremonia tenía suficiente contenido por sí misma. El buen cronista no necesita agregar ruido cuando la realidad ya contiene significado, necesita mirar, escuchar, relacionar y, sobre todo, pensar.
Y pensar esta posesión obliga a establecer una distancia entre la belleza de los símbolos y la dureza de la realidad. Una ceremonia puede ser sobria, espiritual, patriótica y visualmente poderosa y, sin embargo, no resolver por sí misma ninguno de los problemas que esperan al nuevo Gobierno.
Los símbolos inauguran; los hechos gobiernan y una canción puede acompañar una esperanza, pero no crea empleo. Una oración puede pedir protección, pero no reemplaza una política de seguridad. La estatua de la Virgen puede representar paz, pero no desarticula una organización criminal. El uniforme puede representar autoridad, pero no sustituye a la justicia y la bandera puede emocionar, pero no construye hospitales, escuelas ni carreteras.
El Tigre puede rugir frente a sus adversarios, pero como presidente tendrá que aprender también el lenguaje de la escucha, porque gobernar no significa únicamente hablar para quienes lo eligieron. Significa responder también ante quienes no lo hicieron, ante quienes dudaron, ante quienes se opusieron y ante quienes observarán cada decisión desde la distancia crítica que corresponde a una sociedad democrática.
La ceremonia terminó. Las delegaciones regresaron a sus países. El rey volvió a España. Los mandatarios latinoamericanos continúan sus propias agendas. La delegación estadounidense retomará sus asuntos. Gianni Infantino regresa al universo del fútbol mundial. Las cámaras cambiarán de escenario y los colombianos volverán a sus ciudades, sus trabajos, sus preocupaciones y sus esperanzas.
Cada decisión será una frase. Cada nombramiento, una frase. Cada presupuesto, una frase. Cada reforma, una frase. Cada operación militar, una frase. Cada error, también una frase, y al final de los cuatro años, todas esas frases formarán el verdadero discurso de Abelardo de la Espriella, porque la historia no suele conservar durante mucho tiempo la escenografía de una posesión, sino que conserva sus consecuencias.
Por eso la jornada de Cali podrá ser recordada por sus símbolos: por el Aleluya de Maía, por la Virgen de Fátima, por las oraciones, por don Luis Felipe, por la presencia del rey de España, por los mandatarios internacionales, por la delegación estadounidense, por Gianni Infantino, por la ovación instantánea al expresidente Uribe, por los uniformes del Pichincha, por la salida del presidente entre las luces apagadas y por aquella imagen familiar en la que el Tigre parecía convertirse en paloma.
Pero todo eso pertenece todavía al lenguaje de la ceremonia, porque el lenguaje de la historia será otro y dirá si la seguridad mejoró, si la economía respondió, si la corrupción encontró límites, si la justicia funcionó, si las instituciones conservaron su equilibrio, si los militares estuvieron protegidos sin quedar por encima de la ley, si quienes votaron por el Tigre encontraron razones para mantener la esperanza y si quienes no lo hicieron encontraron, al menos, un presidente capaz de gobernar también para ellos.
Ganar una elección otorga el mandato, pero gobernar bien exige conquistarlo todos los días y la posesión fue apenas el primer capítulo. La fotografía quedó tomada. Colombia la vivió. El mundo la observó. Los símbolos quedaron instalados en la memoria.
Cuando las luces se apagan definitivamente, cuando ya no hay escenario, cuando el Aleluya deje de sonar, cuando la Virgen de Fátima regrese otra vez en su altar, cuando los uniformes retornen a sus cuarteles, cuando las delegaciones internacionales hayan partido y cuando las cámaras abandonen al presidente, quedará solamente una pregunta frente al nuevo Gobierno: ¿qué hará con el poder que acaba de recibir?
Esa respuesta ya no podrá escribirla en la ceremonia; la escribirán sus actos y al final, la juzgará la historia y por supuesto el Cristo Rey a quien Abelardo encomendó la Patria.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
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