Un país puede quedar devastado por la fuerza de la naturaleza, pero ninguna catástrofe debería tener la capacidad de destruir aquello que todavía nos hace humanos: la compasión, la solidaridad y el respeto por el dolor ajeno.

Sin embargo, resulta estremecedor comprobar que, mientras miles de personas enfrentan la muerte, el desamparo y la incertidumbre, todavía existan quienes encuentran en la tragedia un nuevo escenario para alimentar sus disputas políticas.

Es inconcebible que tanto dolor, tantas muertes, tantos heridos, tanta destrucción física y tanto caos no sean capaces de apaciguar siquiera por un instante esas mentes atrapadas en el resentimiento.

Mientras el país intenta levantarse entre los escombros, las redes sociales continúan inundándose de memes, mensajes y consignas políticas, protagonizada no solamente por los desadaptados del odio, sino incluso por supuestos «líderes y caudillos», como si todavía estuviéramos en campaña y no frente a una tragedia que debería recordarnos que, ante la muerte, todas las diferencias pierden sentido.

Lo hemos dicho claramente desde este Sistema Informativo de La Palestra: la tragedia no tiene color político y quien permanece atrapado con vida en las profundidades de los escombros no pregunta si quienes intentan rescatarlo son de izquierda, centro o de derecha.

No lleva consigo una bandera ideológica ni espera un discurso político, sino un milagro, una voz, un golpe sobre las piedras que le anuncie que alguien lo está buscando y una mano que finalmente consigan devolverlo a la vida.

Los socorristas llegados desde diferentes latitudes tampoco han venido con camisetas, gorras o ponchos de uno u otro partido; todo lo contrario, han llegado con cascos, herramientas, experiencia y, sobre todo, con humanidad y han llegado para rescatar víctimas, para remover piedras, para escuchar un grito debajo de la tierra y para hacer todo lo posible por arrancarle una vida a la muerte.

Por eso resulta tan doloroso y a la vez repugnante, observar que, mientras unos arriesgan la suya para salvar desconocidos, otros siguen enceguecidos y empeñados en convertir las redes de la tragedia en trincheras del odio. Como si el dolor ajeno no fuera suficiente para tocarles un poco la mente y el corazón. Como si incluso frente a la muerte todavía necesitaran tener la razón.

El país está en calamidad, pero quizá la verdadera preocupación sea descubrir que muchas conciencias también están en ruinas. Los edificios podrán reconstruirse, las ciudades podrán levantarse nuevamente y las heridas físicas podrán comenzar a sanar, pero lo verdaderamente difícil y casi imposible, será reconstruir la sensibilidad de quienes han permitido que una ideología pese más que una vida humana.

Debajo de los escombros no hay izquierda ni derecha; hay seres humanos y frente a ellos se debe guardar silencio, porque la tragedia no necesita partidos ni predicadores de ideologías. Necesita humanidad, solidaridad y una mano amiga, venga de donde venga.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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