La vida sigue y hay que seguirla. No porque el dolor haya terminado, ni porque las ruinas hayan desaparecido, ni porque las cifras de muertos, heridos y desaparecidos hayan dejado de estremecernos, sino porque incluso en medio de la devastación la vida reclama el derecho de continuar.
Después del demoledor terremoto que sacudió a Colombia, queda ante nosotros un país herido, con viviendas convertidas en escombros, infraestructura destruida, familias fracturadas y comunidades enteras obligadas a mirar de frente una tragedia cuya verdadera dimensión apenas comienza a comprenderse.
Pero también queda algo que ninguna catástrofe logró derribar: la solidaridad porque Colombia volvió a reconocerse en el rostro de quienes llegaron con una pala, una botella de agua, una cobija, un alimento, una palabra de consuelo o simplemente con la voluntad de ayudar. A esa corriente humana se sumó la solidaridad internacional, demostrando que frente al dolor las fronteras pierden significado y que la condición humana puede convertirse en el más poderoso de los territorios compartidos.
Ahora corresponde seguir andando por el camino. Algunos lo harán en soledad, porque la tragedia les arrebató a quienes caminaban a su lado. Otros avanzarán acompañados por aquellos que lograron sobrevivir y con quienes tendrán que reconstruir no solamente sus casas, sino también sus rutinas, sus proyectos y sus certezas, y habrá quienes sigan adelante llevando en el corazón la memoria de sus seres queridos, esos ángeles guardianes que ya no caminarán físicamente junto a ellos, pero que desde el infinito seguirán iluminando sus pasos.
Reactivar la vida no significa cerrar la herida. Recuperar la esperanza no significa olvidar el dolor. Reconstruir no significa borrar las huellas de lo ocurrido. Todo lo contrario: significa asumir la responsabilidad histórica de aprender de la tragedia y convertir la memoria en una fuerza capaz de impedir que sus lecciones se pierdan entre los titulares de prensa y el ruido pasajero de la actualidad.
Porque este terremoto no puede convertirse en un espectáculo mediático de unos cuantos días. No puede reducirse a cifras, imágenes impactantes y titulares que mañana serán reemplazados por otros. Detrás de cada número existe una vida; detrás de cada vivienda destruida hay una historia; detrás de cada desaparecido permanece una familia suspendida entre la esperanza y el duelo, y detrás de cada municipio afectado comienza ahora una tarea monumental que no se resuelve cuando las cámaras se marchan.
La emergencia tiene una duración determinada; la reconstrucción no, y el rescate puede tener un momento culminante; la recuperación social y económica puede tomar años; por eso, Colombia deberá acompañar a las comunidades afectadas mucho después de que desaparezca la conmoción inicial. Se necesitarán acciones concretas, recursos transparentes, infraestructura segura, vivienda digna, atención social, recuperación económica, reconstrucción institucional y, sobre todo, una presencia permanente del Estado y de la sociedad.
Afortunadamente, en esta hora difícil existe un Gobierno Nacional que ha mostrado claridad y compromiso, articulado con los gobiernos regionales y locales para enfrentar una emergencia que exige coordinación, serenidad y capacidad de respuesta, y resulta igualmente alentador que al frente del país y de varios de los municipios afectados existan verdaderos líderes, hombres y mujeres que han dado muestras de serenidad, coherencia y compromiso cuando más se necesita de quienes tienen la responsabilidad de conducir los destinos colectivos.
Ahora comienza otra batalla: la de reconstruir sin improvisar, recuperar sin olvidar y avanzar sin abandonar a quienes todavía permanecen entre las ruinas materiales y emocionales de la tragedia. Habrá que levantar paredes, pero también reconstruir confianza; recuperar carreteras, pero también recuperar oportunidades; devolver techo a quienes lo perdieron, pero también devolverles la posibilidad de imaginar nuevamente un mañana.
La vida sigue y hay que seguirla. Pero seguirla no significa pasar la página. Significa escribir las páginas que vienen sobre la memoria imborrable de quienes se fueron, sobre la dignidad de quienes sobrevivieron y sobre la solidaridad de un país que, cuando todo parecía venirse abajo, descubrió que todavía podía mantenerse en pie.
Que nadie se equivoque: la tragedia no termina cuando cesan los movimientos de la tierra ni cuando se retiran las cámaras. La verdadera prueba comienza cuando el mundo deja de mirar y será entonces cuando Colombia tenga que demostrar que aquella extraordinaria solidaridad que nació entre los escombros no fue un impulso pasajero, sino el comienzo de una reconstrucción sostenida, responsable y profundamente humana.
Porque la vida sigue. Y hay que seguirla. Pero hay que hacerlo juntos, con memoria, con esperanza y con la firme decisión de que ninguna de las vidas que quedaron bajo los escombros quede también sepultada en el olvido.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
