Los resultados de PISA 2025, publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos el 8 de septiembre de 2026, vuelven a poner sobre la mesa una discusión que Colombia suele aplazar mientras se entretiene en discusiones políticas, peleas ideológicas y guerras de redes sociales: ¿qué tan preparados están nuestros jóvenes para comprender, analizar, resolver problemas y tomar decisiones a partir de información?

La respuesta obliga a detenerse. Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas, 399 en lectura y 414 en ciencias. En las tres áreas quedó por debajo del promedio de la OCDE, situado en 463, 461 y 482 puntos respectivamente. Las matemáticas conservan el resultado más bajo toda vez que apenas el 29 % de los estudiantes alcanzó el nivel mínimo de competencia. En lectura llegó al nivel mínimo el 46 % y en ciencias el 50 %.

Dicho de manera sencilla: siete de cada diez estudiantes colombianos evaluados no alcanzaron las competencias mínimas en matemáticas y más de la mitad tampoco consiguió el nivel básico esperado en lectura.

El resultado adquiere todavía mayor gravedad cuando se recuerda qué significa alcanzar ese nivel mínimo. En lectura, por ejemplo, un estudiante que llega al Nivel 2 puede identificar la idea principal de un texto de extensión moderada, localizar información siguiendo determinados criterios y reflexionar sobre el propósito o la forma del texto cuando recibe orientación, y los niveles superiores exigen comprender textos extensos, manejar conceptos abstractos y distinguir entre hechos y opiniones a partir de información implícita.

Precisamente allí aparece una de las grandes contradicciones de nuestra época, porque vivimos rodeados de información y cada vez cuesta más comprenderla. Tenemos buscadores, plataformas digitales, inteligencia artificial, bibliotecas virtuales, tutoriales, cursos, videos explicativos y acceso inmediato a millones de documentos; sin embargo, disponer de información no garantiza capacidad para interpretarla porque una pantalla puede entregar una respuesta en segundos y comprender por qué esa respuesta resulta correcta exige lectura, razonamiento, comparación, verificación y criterio.

Ese problema comienza mucho antes de una prueba internacional. Comienza cuando el estudiante aprende a resolver una tarea mediante copiar y pegar, cuando sustituye la lectura completa por el titular, cuando encuentra una respuesta en internet y la entrega sin verificar la fuente, cuando utiliza inteligencia artificial para producir un trabajo que jamás leyó, cuando memoriza para presentar un examen y olvida después de la calificación o cuando una investigación termina convertida en una colección de párrafos ajenos.

También aparece entre adultos y en quienes comparten noticias falsas después de leer únicamente el encabezado, en quienes convierten una publicación de redes sociales en fuente definitiva de conocimiento, en quienes opinan sobre documentos que nunca consultaron, en quienes confunden volumen de publicaciones con capacidad argumentativa, en funcionarios que repiten cifras sin revisar su procedencia, en profesionales que dejaron de estudiar después de recibir un título y en ciudadanos que defienden una posición política antes de conocer los argumentos del lado contrario; es decir que la dificultad comienza cuando dejamos de leer para comprender y empezamos a estudiar únicamente para confirmar aquello que ya pensamos.

PISA tampoco permite reducir el problema a una discusión partidista y la evaluación mide conocimientos y capacidades vinculadas con la resolución de problemas complejos, el pensamiento crítico y la comunicación.

La edición 2025 incorporó además la resolución computacional de problemas, precisamente para observar cómo los estudiantes aplican sus conocimientos frente a desafíos propios del mundo digital. Colombia obtuvo allí 432 puntos frente a 500 del promedio de la OCDE.

La paradoja resulta evidente: una generación que creció rodeada de tecnología todavía necesita fortalecer las capacidades intelectuales que permiten utilizarla con criterio y aquí conviene evitar otra simplificación.

Los resultados colombianos no pueden interpretarse únicamente como una fotografía de fracaso y la OCDE advierte que entre 2018 y 2025 aumentó la cantidad de jóvenes de 15 años escolarizados, incorporando progresivamente poblaciones que antes tenían menor acceso a la educación secundaria.

Ese proceso de expansión educativa influye en los resultados y permite una lectura menos superficial de las cifras. Además, Colombia mantuvo resultados relativamente estables entre 2022 y 2025 en las tres áreas principales; matemáticas y lectura descendieron frente a 2018, mientras ciencias permanecieron estables en una comparación de largo plazo, pero contextualizar una cifra tampoco significa esconderla.

381 puntos en matemáticas siguen siendo 82 puntos menos que el promedio de la OCDE. 399 en lectura representan una distancia de 62 puntos. Y 414 en ciencias dejan una brecha de 68 puntos.

La discusión debería comenzar precisamente allí: qué estamos haciendo para cerrar esas distancias, porque una sociedad puede discutir durante semanas quién tuvo la culpa, qué gobierno recibió el sistema educativo, qué sindicato tiene responsabilidad, cuánto dinero se ha invertido o qué corriente política posee la solución y mientras tanto, un estudiante que termina su educación básica sin comprender adecuadamente un texto, sin manejar operaciones matemáticas fundamentales o sin interpretar información científica carga con una desventaja que difícilmente corrige con discursos.

También conviene mirar el fenómeno desde el aula toda vez que un sistema educativo necesita profesores bien preparados, condiciones dignas para enseñar, infraestructura, alimentación, conectividad y recursos pedagógicos. Necesita también exigencia académica, hábitos de lectura, escritura frecuente, razonamiento matemático, discusión argumentada, investigación y evaluación rigurosa.

La inteligencia artificial puede colaborar con ese proceso, pero la propia OCDE advierte que la tecnología funciona mejor cuando responde a propósitos educativos definidos y cuando no sustituye la atención, el esfuerzo ni la comprensión. PISA 2025 también encontró que el uso excesivo de dispositivos digitales puede relacionarse con distracción y peores resultados, mientras determinados usos educativos de la inteligencia artificial pueden aportar beneficios cuando los estudiantes reciben orientación para evaluar la calidad de la información generada.

El problema, entonces, tampoco consiste en demonizar internet, los teléfonos celulares o la inteligencia artificial.

Una calculadora puede facilitar una operación; difícilmente puede reemplazar la comprensión del problema. Una inteligencia artificial puede redactar un párrafo; tampoco garantiza que quien lo entrega comprenda lo escrito. Un buscador puede encontrar cien documentos; la selección de una fuente confiable continúa dependiendo del criterio de quien investiga.

Por eso PISA debería producir una conversación nacional mucho más seria que la habitual pelea entre quienes defienden al Gobierno y quienes buscan responsabilizarlo de todo.

El resultado debería llevarnos a preguntar cuántos estudiantes leen diariamente, cuánto escriben, cuánto razonan, cuánto investigan, cuánto tiempo permanecen frente a pantallas, qué tipo de acompañamiento reciben en casa, qué condiciones enfrentan sus docentes y qué estrategias pedagógicas están produciendo resultados verificables. También debería obligarnos a revisar una costumbre peligrosa: confundir el derecho a opinar con la obligación de tener argumentos.

Protestar constituye un derecho, discrepar constituye un derecho, criticar al gobierno, a los partidos, a las instituciones o a los medios constituye un derecho, pero una democracia necesita ciudadanos capaces de leer una norma completa, revisar un presupuesto, comprender una estadística, comparar argumentos y distinguir una afirmación de una evidencia, de lo contrario, la discusión pública termina convertida en una competencia de consignas.

PISA acaba de entregar nuevamente una señal que Colombia debería tomar con seriedad. El país consiguió una pequeña mejora en ciencias, pero retrocedió en lectura y matemáticas frente a 2022; además, mantiene una distancia considerable frente al promedio de la OCDE.

El verdadero desafío comienza después de conocer las cifras, porque resulta relativamente sencillo indignarse durante unos días, publicar gráficos, repartir culpas y regresar después a la rutina. Mucho más difícil consiste en modificar hábitos, fortalecer la lectura, recuperar el ejercicio matemático, enseñar a verificar fuentes, exigir escritura argumentativa, formar docentes, acompañar a las familias y evaluar con rigor aquello que realmente aprenden los estudiantes.

Una sociedad que pierde capacidad de comprensión termina dependiendo de quienes hablan más fuerte. Una sociedad que lee, contrasta, calcula, pregunta y verifica puede discutir incluso sus mayores desacuerdos sin convertirlos en una guerra de consignas.

PISA acaba de entregar los números. Ahora corresponde decidir qué hacemos con ellos y quizá la pregunta más fatigosa no consiste en saber quién quedó mal parado en la fotografía internacional, sino que la pregunta verdaderamente importante consiste en saber qué generación estamos formando para enfrentar un mundo en el que cada día sobra más información barata y resulta más escaso el criterio para comprenderla.

Ese debería ser el debate y debería comenzar por una tarea bastante sencilla que, paradójicamente, cada vez parece costarnos más: leer hasta el final antes de opinar y dejar tanto debate ideológico que poco o nada le está aportando a nuestra sociedad.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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