El Festival Internacional de la Cultura Campesina cierra su edición 53 con una reflexión sobre las prioridades culturales de Boyacá, el valor de sus artistas y la responsabilidad de sostener una programación diversa en tiempos de emergencia. El evento  comienza a despedirse después de once días de programación, encuentros artísticos y circulación de saberes por Boyacá.

El balance de esta edición merece una lectura que trascienda las cifras de asistencia, los nombres incluidos en los carteles y la expectativa que cada año despiertan los espectáculos multitudinarios, y la edición 53 deja sobre la mesa una pregunta de fondo: ¿qué lugar ocupa la cultura cuando el departamento debe tomar decisiones difíciles y establecer prioridades frente a una emergencia?

La respuesta comenzó a construirse antes de que se abrieran los escenarios porque, ante los efectos de los fenómenos climáticos y el riesgo asociado a un episodio de El Niño de especial intensidad, el gobierno departamental decidió prescindir de los conciertos de estadio, del lanzamiento nacional en Bogotá y del desfile inaugural, con el propósito de reorientar recursos y capacidades institucionales hacia la prevención y atención de las contingencias, determinación, anunciada como una decisión posiblemente impopular que modificó la estructura habitual del festival, pero mantuvo en pie su programación artística y cultural.

En semejante eventualidad, mantener una agenda cultural amplia exigía capacidad de adaptación, coordinación y trabajo administrativo y el festival continuó, aunque bajo condiciones distintas de las acostumbradas, circunstancia que terminó abriendo una discusión que Boyacá tenía pendiente.

Durante años, buena parte de la conversación pública alrededor del Festival Internacional de la Cultura ha girado en torno a una pregunta recurrente: ¿quién viene este año? Porque la expectativa de los artistas de reconocimiento internacional, los conciertos multitudinarios y las producciones de gran formato han ocupado un espacio determinante en la promoción del evento. La magnitud de las tarimas, las pantallas, los sistemas de sonido y la convocatoria de las estrellas suelen convertirse en argumentos centrales para medir su repercusión.

Los espectáculos masivos tienen un lugar legítimo en la vida cultural. Convocan públicos diversos, dinamizan actividades económicas y permiten que miles de personas compartan experiencias musicales de gran escala y la discusión comienza cuando esa oferta adquiere tal protagonismo que termina condicionando la percepción de todo un festival, como si el valor de once días de programación dependiera de la presencia de unas dos o tres figuras de la industria musical.

En esa dinámica también convendría examinar ciertas contradicciones, ya que durante años, algunos sectores han cuestionado los costos de contratación de artistas de la industria comercial y la inversión requerida para montar escenarios monumentales y al mismo tiempo, una parte de esos mismos espacios de opinión concentra su interés en conocer el cartel, obtener una invitación o acceder a localidades preferenciales sin pagar un solo peso.

Esa tensión merece una mirada crítica, sin convertirla en una acusación general contra la prensa ni contra los espectadores, toda vez que la discusión pública sobre los recursos destinados a la cultura resulta necesaria, pero también exige valorar con rigor el conjunto de la programación y sus beneficios para la ciudadanía y a ello se suma una pregunta que trasciende el caso de Boyacá: ¿qué mecanismos de transparencia, planeación y evaluación permiten comparar los costos de los espectáculos de gran formato, sus condiciones contractuales y su impacto económico y cultural?

La magnitud de esas contrataciones amerita información verificable y análisis público, por lo que el debate no debería limitarse a discutir cuánto cuesta una estrella, sino también qué oportunidades reciben los creadores locales, qué públicos se benefician de la inversión cultural y qué capacidades quedan instaladas en el departamento después de cada edición.

La del 2026 reunió una agenda de aproximadamente 450 actividades, con la participación de más de 2.000 artistas y delegaciones de siete países, distribuidas en 28 municipios, según la información divulgada por la misma emisora pública Boyacá 95.6 FM y la Gobernación departamental. Música, teatro, danza, literatura, cine, circo, artes plásticas, gastronomía, patrimonio y saberes campesinos conformaron una programación que puso en diálogo las expresiones locales con propuestas nacionales e internacionales.

Desde los primeros días, el festival desplegó una agenda que cruzó distintas formas de creación y memoria. El Día Departamental de la Papa vinculó la dimensión agrícola con la economía campesina; la Noche de Museos abrió espacios para el patrimonio, las artes visuales, el teatro, la danza y la música; y el XVIII Salón Departamental de Artes Plásticas y Visuales reunió obras y procesos de creación contemporánea. En paralelo, los encuentros literarios, las actividades de narración oral, los talleres y las propuestas audiovisuales ampliaron las posibilidades de participación de públicos con intereses diversos.

La música también encontró caminos distintos para abrazar la identidad campesina. El concierto inaugural Carranga Sinfónica, con la Banda Sinfónica Nacional de Colombia, el Colectivo Campesino y El Convite, propuso un encuentro entre los lenguajes sinfónicos y las sonoridades vinculadas a la vida rural como ya lo había hecho Velosa junto a la Sinfónica Nacional justamente en una edición del FIC en el año 2011.

Imagen creada por IA

La programación incorporó agrupaciones de diversas procedencias, formatos de cámara, expresiones folclóricas y propuestas contemporáneas. La diversidad de esta oferta mostró que un festival puede convocar públicos sin depender exclusivamente de los nombres que dominan los grandes circuitos comerciales, en tanto que las artes escénicas aportaron otra dimensión a esa conversación y el teatro de sala y calle, los títeres, el circo, la cuentería y las propuestas de humor llevaron al público relatos, personajes y formas de expresión que demandan otros ritmos de atención. La danza, por su parte, convirtió el intercambio internacional en una experiencia directa: agrupaciones de Chile, México y Rumanía compartieron programación con compañías colombianas, mientras los artistas boyacenses encontraron espacios para mostrar su trabajo ante audiencias diversas.

El componente audiovisual y las artes plásticas también ocuparon un lugar significativo. Las exposiciones, los talleres, las proyecciones y las propuestas cinematográficas acercaron al público a otras maneras de interpretar la memoria, las comunidades y las transformaciones sociales. En Duitama, por ejemplo, la programación del viernes 9 de octubre incluyó la proyección del documental Hilos por las Montañas y el «BAZARTE» de Pueblito Boyacense contó también con la inclusión de la nómina de artistas, mientras otros municipios como Paipa recibieron talleres, conciertos y actividades de circulación artística.

En este armazón, la presencia de los artistas locales y regionales merece especial atención porque cada escenario destinado a sus propuestas representa una posibilidad de circulación, reconocimiento y encuentro con nuevos públicos y para los creadores, participar en un festival internacional puede significar ampliar su trayectoria, establecer vínculos con otros sectores y demostrar la calidad de procesos artísticos construidos durante años, oportunidad que requiere continuidad: la contratación, la formación, la circulación y la promoción de los artistas del departamento necesitan políticas sostenidas que sobrevivan al calendario de los festivales.

En la recta final, la feria CosechArte, programada del 8 al 12 de octubre en Tunja, reúne buena parte del sentido que inspira esta edición y su agenda combina gastronomía tradicional, artesanías, talleres, muestras musicales, actividades infantiles, circo, expresiones urbanas y espacios de intercambio de saberes. Las actividades incluyen experiencias alrededor de la cocina campesina, la alfarería, la tejeduría, el trabajo con barro, las coplas, el joropo y el hip hop, junto con propuestas formativas y muestras artísticas para diferentes generaciones.

El domingo 11 de octubre, la agenda contempla la participación de Puerto Candelaria, Daniel Castillo como invitado especial, la Banda Sinfónica Nacional de Colombia y agrupaciones musicales colombianas, además de compañías de danza de Colombia, Chile, México y Rumanía. CosechArte suma talleres, espacios de bienestar, actividades académicas, muestras folclóricas, experiencias gastronómicas, encuentros de saberes y la final de Estrella Boyacá. La jornada refleja la amplitud de una programación que conecta la creación contemporánea con prácticas culturales arraigadas en la vida campesina.

El lunes festivo 12 de octubre llegará el cierre oficial con la Noche de Ganadores de Danza FICC 2026, muestras de cortometrajes regionales, teatro, cuentería y las últimas actividades de CosechArte y entre los participantes anunciados figuran la Fundación Ballet Folclórico de Nobsa, ABMUBA, Danzartuta y Tradiciones Danza Cerinza; la programación audiovisual reúne producciones de realizadores y colectivos colombianos, mientras las artes escénicas incluyen propuestas nacionales y artistas del departamento.

El cierre, por tanto, ofrece una imagen coherente con el carácter de esta edición porque la cultura campesina se expresa mediante múltiples lenguajes y encuentra en el encuentro entre generaciones, regiones y países una oportunidad para reconocerse y transformarse. La programación demuestra que el festival puede construir una experiencia de alcance internacional a partir de una estructura plural, con escenarios para la formación, la exhibición, el intercambio y la participación comunitaria.

La ausencia de los conciertos de estadio no debe convertirse en una competencia entre artistas internacionales y creadores locales, ni en una conclusión apresurada según la cual una modalidad cultural resulta superior a otra, porque el verdadero aprendizaje consiste en reconocer que la inversión cultural necesita equilibrio, transparencia y una visión de largo plazo. Los espectáculos multitudinarios pueden convivir con los procesos comunitarios, las artes tradicionales, la investigación, la formación y la circulación de las expresiones regionales, siempre que las decisiones presupuestales respondan a objetivos culturales claros y a las necesidades de la ciudadanía.

Esta edición también deja una tarea para los medios de comunicación y para quienes participan en la conversación pública porque la cobertura de un festival merece espacio para el artista consagrado, pero también para el creador que construye su carrera lejos de los circuitos comerciales; para el concierto que reúne miles de espectadores, pero también para el taller que transmite un oficio, la exposición que abre una pregunta o la compañía de danza que representa el trabajo de una comunidad. La agenda cultural de un departamento no puede medirse únicamente por la capacidad de llenar un estadio.

En esa reflexión cabe reconocer la gestión de Sandra Mireya Becerra Quiroz, secretaria de Cultura y Patrimonio de Boyacá y gerente del festival, así como el trabajo de los equipos profesionales, técnicos, administrativos y operativos que hicieron posible esta edición. La amplitud de la programación, la articulación con municipios y sectores culturales, la presencia de artistas de distintas procedencias y la continuidad de la agenda en medio de circunstancias climáticas adversas dan cuenta de un esfuerzo institucional que merece ser valorado.

El reconocimiento debe extenderse a quienes trabajaron detrás de cada escenario, a los equipos de producción, los gestores, los mediadores, los formadores, los artistas, las agrupaciones, las comunidades anfitrionas y todas las personas que asumieron tareas indispensables para que la programación llegara a distintos públicos. Un festival de esta magnitud requiere coordinación permanente, capacidad de respuesta y un trabajo que rara vez recibe la misma visibilidad que las presentaciones en el escenario.

A Sandra Mireya Becerra Quiroz y al equipo de la Secretaría de Cultura y Patrimonio departamental corresponde reconocerles la determinación de sacar adelante una edición compleja, con una agenda diversa y en medio de las dificultades que afrontan Boyacá y el país por los fenómenos naturales.

Así las cosas, el Festival Internacional de la Cultura Campesina llega a su cierre con una lección que vale la pena conservar. Las circunstancias obligaron a cambiar el formato, pero también permitieron observar con mayor atención la amplitud de la vida cultural de Boyacá.

La tarea ahora consiste en que ese reconocimiento no dependa de una emergencia ni de una edición particular. La cultura campesina merece continuidad, presupuesto, escenarios y respeto durante todo el año. Ese será, en últimas, el mejor legado de un festival que, incluso en condiciones difíciles, encontró maneras de reunir a sus artistas, sus comunidades y sus saberes alrededor de una misma conversación.

Por:  José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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