La situación actual que vive la nación vuelve a desnudar, sin piedad ni disimulo, una de las verdades más incómodas y lacerantes de nuestra época: el daño devastador que pueden infligir las palabras cuando se pronuncian con calculada y fría sevicia; cuando se las reviste de verbo y adjetivo para erigirse como cimientos de intenciones maquiavélicas; cuando se pretende tapar el sol con un dedo, creyendo que el eco de la mentira, repetida mil veces, terminará por sepultar la verdad.

No se trata únicamente de los hechos violentos que apagan vidas y diezman los anhelos de seguir luchando; es también el rastro venenoso de discursos de unos y otros, de aquí y de allá, que matan mucho antes del disparo.

Palabras que siembran en el aire un clima de sospecha y resentimiento; que preparan el terreno para que la bala física encuentre su blanco, pues detrás de cada acto de crimen suelen esconderse meses o años de otra intimidación, más sutil pero igual de mortal: la de la palabra impetuosa, utilizada como proyectil fulminante.

Tras las noticias diarias de asesinatos, inseguridad y violencia, como en un ritual predecible, llegan los pronunciamientos oficiales y, al unísono, todos coinciden en pedir que se “desescale el lenguaje”, que se “baje la temperatura” de la polarización, del odio y del rencor.

Y, sin embargo, esas frases de semántica florida no son exclusivas de las gentes de bien; también las pronuncian los mismos incendiarios que, parapetados en las trincheras digitales de sus bodegas, disparan a diario dardos emponzoñados contra todo aquel que piensa distinto, porque actúan con beligerancia en el verbo, soberbia en las decisiones, altivez en los arbitrajes, desconocimiento de la verdad y terquedad ante la lógica.

Un país más justo, más unido, sin odios ni rencores, etc., etc., etc… Son las plegarias recurrentes en las alocuciones y mensajes de uno y otro sector tras los brotes de violencia y terrorismo; sin embargo, parecen haberse convertido en locuciones de cajón, pronunciadas casi de manera automática, más como contestador programado que como un verdadero acto de compromiso hacia la concordia.

Se habla de paz con la boca llena, mientras las manos alimentan la máquina del enfrentamiento; se mina la esperanza, se destruye el diálogo, se persigue con la paciencia de un alquimista perverso, a quienes se atreven a alzar la voz, se estimula el adoctrinamiento o la polarización como estrategias políticas de largo aliento y metodología errada, y todo para saciar apetitos particulares.

¿Qué hacer entonces para que los homicidios no solo no queden impunes, sino que sirvan para rectificar el rumbo de una nación enferma?
¿Qué antídoto social puede neutralizar la adicción colectiva a la confrontación y al insulto, tan rentable y provechoso para algunos?

La respuesta no está en seguir sumando declaraciones huecas ni en vestir la hipocresía con traje protocolario.

A mi modo de ver, radica en el tránsito urgente e impostergable del vocablo a la acción; en reemplazar la perorata oportunista, acomodada al vaivén de las circunstancias, por compromisos reales y sostenidos; porque la diplomacia sin coherencia no es más que maquillaje sobre la herida, y el protocolo sin justicia no es otra cosa que un ritual calculado para anestesiar conciencias.

Este no es un pronunciamiento a favor ni en contra de persona, partido o ideología alguna. Todo lo contrario: es, con diáfana claridad, un rechazo frontal y absoluto a la instigación al terror, a la maldad que habita en los laberintos oscuros de cerebros maquiavélicos que planifican el caos; que invitan a la irreverencia pervertida, que incitan al cinismo y que manipulan la verdad para acomodarla como ficha útil en la casilla vacía de un diabólico rompecabezas.

Es una reclamación de desahogo justo y necesario a todos, sin importar bandos, apellidos ni colores políticos o ideológicos. Un repudio a quienes utilizan la mente de los incautos para sembrar en ella embriones de rencor y resentimiento, con el único fin de salir triunfantes en sus ambiciones de apoderarse del tesoro público.

Mientras no se desmonten los ataques malévolos, la palabra seguirá siendo la primera bala que mata, y las noticias de crímenes continuarán servidas en la mesa como el pan pérfido de cada día, ese que nos atraganta y nos infecta.

¿En qué hora este país se convirtió en dos o más bandos que adoctrinan seguidores y los incluyen en sus listas como números fríos para diseñar encuestas?
¿En qué momento se perdió el rumbo y los grandes pensadores se acomodaron en facciones donde solo hay marañas de sevicia y apetito voraz de dominio y manipulación?
¿Cuándo fue que Colombia extravió la brújula que guiaba sus pasos hacia un futuro claro de diálogo y debate con altura?

Colombia es mucho más que dos o cinco bandos en permanente disputa; es más que dos o cinco apellidos. Colombia es, y debe seguir siendo, un escuadrón de gente valiosa, de mentes lúcidas y corazones íntegros, capaces de proponer soluciones viables y definitivas.

Pero para que este país soñado emerja, necesitamos desarmar primero la palabra y reconstruirla como puente, no como trinchera; como semilla, no como proyectil, y mientras no se entienda esto, la primera municion seguirá saliendo de la boca y continuará llegando al blanco de objetivos malignos para matar la esperanza, provocando estragos dolorosos a una sociedad que ya no aguanta más y se revienta por todas sus arterias.

Tristemente, nos hemos acostumbrado a normalizar los escandalosos y faranduleros titulares del día, de la semana o del mes; esos mismos que desfilan sin filtro por los corredores sombríos de las manipuladas redes sociales, donde se fortifican los burlones sagaces de la descomposición y la barbarie.

Que el poder de la palabra de Dios proteja a nuestra amada Colombia…

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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