Hay quienes caminan por la vida como jueces implacables, señalando con el dedo inquisidor y ajeno, los pasos de los demás, como si fuesen los administradores de la verdad o los guardianes de una justicia inventada a su conveniencia. 

Tales personajes olvidan que cada existencia se construye paso a paso, con dolores secretos y con luchas que no caben en los ojos de quien sólo observa desde lejos, porque enjuiciar, desde la comodidad altiva, es tan fácil como injusto; es opinar sobre un sendero que jamás han transitado y sobre unos zapatos que nunca se han puesto.

Traigo hoy a la escena del pensamiento esta poderosa frase: “Cuando alguien juzgue tu camino, préstale tus zapatos”, una invitación a desarmar la arrogancia del juicio y a desnudar la fragilidad de aquellos soberanos que creen saberlo todo. 

Nadie; óigase bien, nadie puede comprender el cansancio de nuestras huellas si no ha sentido en sus pies las piedras que desgarraron nuestro andar, ni ha cargado en su espalda el peso de las derrotas que ocultamos tras las victorias y los sueños hechos realidad.

Quien juzga suele olvidar que los senderos no se recorren en línea recta, porque hay veredas quebradas, abismos sorteados, desiertos de soledad y montañas que solo se escalan con el valor de quien, con persistencia,  se niega a rendirse.

El crítico, sentado en su pedestal de palabras vacías y filosofía hueca, no percibe el temblor de las rodillas que aprendieron a levantarse después de caer, ni la fe que sostuvo a quien caminaba a oscuras confiando en que, en algún punto, volvería a amanecer.

Hoy mi reflexión es también un llamado a la humildad, por cuanto nadie es dueño absoluto de la verdad ni de la justicia, y pretenderlo es un acto de soberbia que revela más carencias que sapiencia. 

La vida no necesita jueces, necesita compañeros de camino; no requiere tribunales improvisados, sino corazones capaces de comprender, de entender, de apoyar y servir de reclinatorio para estribar sobre sí las rodillas doblegadas, de quien ruega al infinito porque se acabe su calvario.  

Prestar los zapatos al que juzga es, entonces, un gesto simbólico y desafiante: “camina mis pasos antes de hablar, carga mis miedos antes de condenar, siente mis grietas antes de darme lecciones” y quizás, al calzarlos, el inquisidor descubra que no era tan ligero el trayecto y que las huellas que despreciaba escondían una fortaleza que jamás imaginó.

Nosotros, caminantes de nuestra propia historia, aprendemos a no detenernos ante la mirada fiscalizadora, porque el verdadero sentido de vivir no está en agradar al tribunal de los altivos soberbios, sino en andar con dignidad el camino propio, con la certeza de que cada paso, incluso los errados, han sido necesarios para llegar a donde estamos. 

Nadie sabe con qué sed otro bebe ni con qué desvelo otro duerme, decía mi abuela, porque nadie conoce la hondura de las heridas que un alma guarda en silencio, ni el temblor de las rodillas que se levantan tras cada caída; y por eso, nadie puede atreverse a juzgar el peso de unos zapatos ajenos si nunca ha tenido el coraje de calzarlos y caminar, aunque sea un tramo, por la misma senda de espinas y piedras que han marcado las pisadas del otro.

Quien sentencia desde la distancia, olvida que cada ser carga una sed distinta, una sed que no se sacia con palabras ajenas, sino con la experiencia de haber bebido de la fuente amarga o dulce que la vida dispuso.

Así mismo, olvida que cada zapato guarda en su suela la memoria de un viaje único, y que nadie tiene autoridad para medir ese peso si no ha sentido en su propia piel las ampollas, las grietas y el cansancio de la marcha. 

Solo quien se atreve a calzarlos descubre que juzgar era un atrevimiento vano, porque la vida de otro nunca será idéntica a la propia.

Por:  José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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