
𝑷𝒐𝒓: 𝑮𝒊𝒏𝒂 𝑹𝒐𝒋𝒂𝒔 𝑯𝒐𝒚𝒐𝒔
“El exceso de alcohol es perjudicial para la salud”, dice la advertencia en las botellas de licor y anuncios publicitarios. Pero quizá debería de extenderse a que también es perjudicial para la política, para las masas y para la cordura. Y es que, dadas las circunstancias, esa frase debería encabezar los comunicados oficiales en Boyacá, donde lo que se entrega a los municipios parece haberse reducido a tres ingredientes: fiesta, licor y el abrebocas de las campañas políticas.
La parranda se volvió política pública, esta vez como antesala de la contienda electoral. Y no faltan las denuncias. Cito una columna que leí recientemente, “empresarios, organizadores y promotores de conciertos aseguran que las fiestas están amarradas, se usan para campaña y hasta los artistas hacen parte de los paquetes políticos.
Un alcalde —cuya identidad se reserva por seguridad— lo resumió así:
“Estaba todo listo, pero recibimos la visita de funcionarios y nos apoyaron… eso sí, con la condición de que ellos hacían todo. Todo es todo”.
Varios mandatarios locales confirman que, si no contratan directamente con la Gobernación, sus proyectos se esfuman del radar de entidades como Tierrasúa. Y lo que viene, advierten, es un año electoral cargado de más tarimas, más artistas y más licor… aunque muchos ni siquiera sepan cantar”.
Hagámonos los sorprendidos. Finjamos demencia. Porque mientras el trago corre, la política se disfraza de verbena y el control ciudadano se evapora entre luces y aplausos. Advirtiendo que el fenómeno no se queda en los pueblos. En Sogamoso, por ejemplo, hasta el FICC, Festival Internacional de la Cultura Campesina, —que se supone es la gran fiesta cultural del departamento— ya suena a estrategia política. Dicen que se están entregando ruanas moradas a líderes comunales, haciéndolos gritar viejas frases de campaña, con las que repiten las mismas prácticas politiqueras de quienes vienen gobernando el departamento.
Y en Tunja, la historia se repite. Esta semana, otro encuentro entre el Alcalde y el Gobernador terminó, una vez más, en el anuncio de la versión número 70 del Aguinaldo Boyacense. Resuelta la fiesta ya llegarán las encuestas sobre qué artistas queremos ver, y la ilusión de que con una tarima se resuelven los problemas estructurales de la ciudad.
Y confieso que no entiendo cómo la ciudad donde crecí, la que me formó como la mujer crítica que soy, puede estar tan callada. El aguardiente parece habernos adormecido. Tunja, la de los próceres, la universitaria, la culta, hoy parece una ciudad sin dolientes.
Mientras las luces y la música distraen, nadie exige, y más de uno se conforma con que “al menos pavimentaron” con el contratadero departamental, pero ni eso porque hoy ya vemos esas vías igual o peor que antes.
Pero no es lo único, ahí está el caso de la Urbanización San Jerónimo, ocho años en el limbo, convertida en un monumento al olvido. En un espectáculo vergonzoso, hace poco algunos celebraban que “al fin” se destrabara el proceso, omitiendo que la excusa venía del mismo gobierno que lleva casi una década prometiendo soluciones sin cumplir.
Y la lista sigue: la Clínica María Josefa Canelones —herencia de las administraciones Amaya y Barragán—, el Estadio de Atletismo prometido en cada campaña, o el Deprimido de la Glorieta Norte, que ni siquiera ha empezado.
Hoy me aterra que el exceso de alcohol haya perjudicado nuestra salud cívica al punto de instalar un conformismo peligroso en Tunja y en muchas partes de Boyacá. Se toleran demoras, sobrecostos y falta de planeación, porque al final la parranda llega… y parece que con eso basta.
Pero no basta. No es posible que el licor no nos nuble la razón, porque si seguimos brindando por los mismos, lo único que celebraremos será la resaca de un departamento que se quedó dormido entre la música y el olvido.
Tomado de: Periódico El Tunjano
