Hay algo más corrosivo que la corrupción, más devastador que la ignorancia y más silencioso que la indiferencia: el ego administrativo.
Esa enfermedad del alma pública ataca a quienes, al llegar a un cargo, confunden la función con el trono, el poder con la propiedad y el liderazgo con la soberbia.
El ego administrativo no se instala de un día para otro; se alimenta lentamente del aplauso fácil, de los halagos interesados, de las adulaciones que ciegan y en poco tiempo, aquel que fue elegido o designado para servir comienza a hablar en primera persona del singular, deja de escuchar, ignora a los demás y convierte la gestión en un culto a su propia imagen. El “nosotros” institucional se desdibuja, reemplazado por el “yo” que se impone como doctrina.
Nada destruye más rápido un proceso, una institución, una empresa o una causa colectiva que un dirigente intoxicado de sí mismo; porque el ego, cuando manda, no busca construir, sino perdurar; no busca servir, sino ser servido; no busca trascender por resultados, sino por placas, colores institucionales o recuerdos, y en esa obsesión por dejar huella, termina borrando los pasos de todos los demás, como si lo que hubieran alcanzado a hacer o dejar otros, fuera menos importante.
El ego administrativo es una de las enfermedades más silenciosas y destructivas de la gestión pública porque rompe los procesos, interrumpe los avances y anula toda posibilidad de construir sobre lo ya edificado.
Su raicilla está en la incapacidad de reconocer el esfuerzo ajeno y en la arrogancia de creer que todo comienza con una nueva administración y bajo ese falso y repugnante espejismo personalista, se ignoran proyectos valiosos, se desmontan iniciativas sólidas y se desperdician recursos que pertenecen, en realidad, al pueblo.
De esa soberbia institucional nacen los tristemente célebres “elefantes blancos”: obras inconclusas, infraestructuras corroídas por el abandono, monumentos involuntarios a la vanidad y al desperdicio. Cada ladrillo deteriorado y cada estructura vacía son testigos mudos de la mezquindad de quienes no comprenden que el poder público no es un trono, sino un encargo temporal al servicio del bien común.
El ego administrativo impide entonces la continuidad, destruye lo que otros levantaron con esfuerzo y compromete los recursos de generaciones enteras; y todo, simplemente, porque algunos engreídos no soportan reconocer que antes de ellos también hubo quienes soñaron, planearon y trabajaron por la misma sociedad que hoy dicen representar.
El ego administrativo no solo paraliza; divide, desmotiva y corrompe los valores esenciales del servicio público, porque vuelve avara la visión de conjunto, y donde antes había equipos, deja islas; donde había ideales, deja intrigas; y donde antes había propósito, deja ideologías y consignas propagandísticas.
La gestión se vuelve espectáculo y el poder, un espejo en el que el gobernante se mira hasta olvidarse del mundo que lo rodea, dejando de lado su realidad, su origen y hasta su propia familia.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
