¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar en nombre de la modernidad? ¿Será que ahora también tendremos que pedir perdón por creer en Dios, por invocarlo, por mencionar su nombre en un acto público o por elevar una oración en momentos que consideramos trascendentales?

En las últimas horas se ha conocido la decisión de un juez que ordenaría ofrecer disculpas por haber invocado a Dios y a la Virgen de Fátima durante un acto relacionado con el inicio de un gobierno. Más allá de las consideraciones jurídicas que correspondan y que deben ser respetadas dentro de un Estado de derecho, la situación abre una discusión mucho más profunda: ¿en qué momento la libertad religiosa comenzó a convertirse en algo que debemos esconder para no incomodar a nadie?

Suficiente tenemos con la furia de la tierra, cansada quizá de tanto desdén, de tanto manoseo y de tanta irresponsabilidad. Una tierra que se sacude, que ruge y que parece reclamar la atención de quienes durante décadas la han maltratado, contaminado y enfermado.

Suficiente tenemos con los gritos de una modernidad que, en ocasiones, pretende presentarse como licencia para hacerlo todo, aceptarlo todo y justificarlo todo bajo el argumento de que estamos evolucionando.

Suficiente tenemos con los nuevos capos de la información, aquellos que parecen haber descubierto que la verdad puede construirse a punta de enlaces, titulares, algoritmos y seguidores; y suficiente tenemos con una violencia que se ha tomado buena parte del mundo como si el demonio estuviera ganando el pulso y gobernando el pensamiento de quienes roban, secuestran, asesinan, violan niños y cometen toda clase de vejaciones contra la dignidad humana.

Frente a semejante realidad, resulta inevitable preguntarse: ¿por qué habría de convertirse la fe en uno de nuestros problemas más urgentes?

Creer en Dios no puede ser presentado como una amenaza contra la modernidad. Invocar a Dios no convierte a nadie en enemigo de la igualdad. Orar no constituye una agresión contra la libertad de quien no cree. Y expresar públicamente una convicción religiosa, dentro de los límites que establece la ley y con respeto por quienes profesan otras creencias, no debería confundirse automáticamente con imponer una religión.

La libertad también consiste en poder creer y así como una persona tiene derecho a no creer, otra tiene exactamente el mismo derecho a creer profundamente. Una puede encontrar respuestas en la ciencia; otra, en la filosofía; otra, en su conciencia; y otra, en Dios. La convivencia democrática no debería exigir que unos renuncien a sus convicciones para que otros se sientan cómodos.

Y es que no se trata de imponer cultos ni de convertir los espacios públicos en escenarios de proselitismo religioso y tampoco se trata de defender rituales vacíos, apariencias piadosas o discursos religiosos utilizados como simple decoración del poder. Se trata de algo mucho más esencial: reconocer que para millones de seres humanos la dimensión espiritual forma parte de su manera de entender la vida, la esperanza, el dolor, el perdón y la existencia misma.

Y quizá convenga recordar algo que la soberbia humana suele olvidar. ¿Cuántos poderosos, encopetados y embriagados de poder han creído tener el mundo en sus manos y, cuando la vida les ha mostrado su fragilidad, han terminado de rodillas pidiendo perdón?

¿Cuántos soberbios han desafiado lo que consideraban imposible de desafiar y, cuando el poder, la enfermedad, la tragedia o la muerte tocaron sus puertas, descubrieron que no eran tan poderosos como habían imaginado?

No corresponde a nadie juzgar el misterio de la fe de otro, pero tampoco corresponde convertir la fe de millones en una pieza incómoda que deba retirarse del escenario público para cumplir con una determinada idea de modernidad.

Una cosa es garantizar un Estado laico y otra muy diferente pretender construir una sociedad sin Dios, ya que laicidad no significa ateísmo. La libertad religiosa no significa la persecución de la religión. La igualdad no significa borrar las creencias de quienes las tienen.

Estamos viviendo tiempos suficientemente convulsos como para añadir nuevas guerras a nuestra convivencia y el mundo necesita menos intolerancia y más respeto; menos arrogancia y más humildad; menos fanatismo y más capacidad de escuchar al otro.

Quizá por eso sea hora ahora más que nunca de volver los ojos a Dios y no necesariamente para llenar templos, no necesariamente para multiplicar ceremonias, no necesariamente para repetir palabras que luego contradicen nuestras acciones, sino para intentar comprender el misterio de lo divino y volver a poner la Palabra en el centro de nuestra conducta.

Creer en Dios no debería ser una vergüenza porque lo verdaderamente vergonzoso sería vivir en un mundo donde matar, robar, engañar, violentar, humillar y destruir al semejante se vuelva cada vez más cotidiano, mientras nos preocupamos por perseguir las palabras con las que alguien decide expresar su fe.

Que nadie tenga que pedir perdón por creer. Que nadie tenga que esconder a Dios para demostrar que es moderno. Y que nadie confunda libertad con la obligación de pensar como todos.

La fe, cuando es auténtica, no necesita imponerse: necesita respetarse y quizá esa sea una de las grandes lecciones que estamos olvidando, porque en una sociedad verdaderamente libre, también debe existir libertad para mirar al cielo, pronunciar el nombre de Dios y pedirle, humildemente, que nos ayude a encontrar el camino que nosotros mismos parecemos empeñados en perder.

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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