4 de agosto de 2024
Mi amada Tunja:
Es la primera vez que te escribo desde que tuve la fortuna de nacer, crecer y vivir en tu seno, en tu paisaje de casonas cargadas de historia y calles angostas por las que encontré mis caminos para andar la vida.
Y te escribo, porque así me lo dictó el corazón al recordar, en un pequeño momento de soledad, que por estos días estás de cumpleaños, y porque volvieron a mi memoria, esas imágenes en blanco y negro que, aunque desgastadas por el paso de los años, siguen ahí para ayudarme a rememorar algunos detalles de esa ciudad que fuiste, que has sido y seguirás siendo, incluso por encima de quienes a veces te faltan al respeto.
Ahora, no me vayas a reprochar que no te hable sobre la época en la que eras la “reina” de la comarca, por allá en los siglos XVI o XVII cuando ostentabas el titulo de Capital de las Provincias Unidas de la Nueva Granada; ¿te acuerdas de lo que decía de ti el cronista Basilio Vicente de Oviedo?: “Fue una ciudad de las más ricas, soberbias y opulentas de este reino y en que se avecindaron los más de los conquistadores que después diremos”.
No mi amada Tunja, yo voy a recordar para ti algunos aspectos de lo que he vivido contigo, es decir, algo de finales de los 60, cosas de los 70 y 80 y algunas de los 90, cuando ya esos abolengos del pasado no existían, porque déjame decirte que bien de malas sí has sido con la mayoría de quienes has escogido como regentes.
Pero discúlpame, la idea no es aguarte tu fiesta de cumpleaños, así que pasemos a nuestras historias y si en algo fallo o algo falta, me corriges o complementas allá en tus pensamientos.
El primer gran recuerdo que tengo de ti, es en la plaza principal, ese lugar que para un niño de cuatro o cinco años parecía infinito. Me alcanzo a ver con pantalón corto de tirantas, caminado hacia una “estuata”, que estaba rodeada por unas bancas de esas que aún se ven en los parques y por unos pequeños jardines.
Fue la primera vez que escuché hablar de un señor llamado Simón, tan importante que le hicieron ese monumento y por lo que a tu corazón le pusieron su nombre: Plaza de Bolívar. Pero en esa época, él y su caballo estaban sobre un pedestal blanco con tonalidades grisáceas, un pedestal de mármol de Carrara, de los más finos y costosos. A propósito, no sé si me puedas decir qué se hizo ese mármol, porque ahora la base esta recubierta en piedra.
Perdón, no me lo digas porque hoy lo importante es tu cumpleaños. Finalmente te cuento que ese día, después de tomarme una foto, que luego se veía acercando el ojo a un pequeño visor plástico, de comerme el más delicioso helado que mi vida recuerde, mi hermana me llevó al frente del Pasaje Vargas, ahí nos subimos en un taxi negro grandote de marca Studebaker y me fui para la casa.
Luego vino mi primer día de clases, en el colegio Selección, ¿te acuerdas? era una institución de básica primaria y a la rectora de cariño le decíamos Leonorcita. En esa época quedaba por la calle 19 pasos abajo de lo que después fue el almacén Tía.
Hablando de almacenes, a los que les dicen de grandes superficies, creo que los primeros que tuviste fueron el Ley y el Tía. Al Ley acudían los más pudientes y al Tía, las clases populares.
Aunque lo que nunca olvidaré, es la inauguración de uno que se llamó Almacén Mina, también por la calle 19 arriba de lo que era el colegio Liceo Santo Domingo, hoy universidad Santo Tomás. Ese día, vinieron a visitarte aquellos personajes que veíamos como seres extraterrestres, en un televisor con imagen a blanco y negro: Franky Linero, Julio César Luna, Consuelo Luzardo, estaban aquí, eran de carne y hueso y lo mejor, plasmaron su autógrafo en las hojas con bordes doblados de mi cuaderno de colegio.
Pasaba el tiempo, fui creciendo y tú no cambiabas mucho. Nos permitías jugar en tus calles con los vecinos de cuadra, ir a tomar perico y comer miniempanada en el Star de Hunzahua, caminar tranquilos hasta Telecom o a la esquina de teléfonos para llamar al familiar que vivía en Bogotá, y los viernes, acompañar a nuestras madres a hacer mercado en donde hoy tienes Plaza Real o simplemente recorrerte en unas busetas amarillas que iban entre la Uptc y el Retén Sur.
Pero podrás cumplir 485, 500 o más años, y lo que no olvidaré y tampoco cientos de tus hijos, es la singular rutina, digna de análisis sociológicos y costumbristas, llamada magistralmente “Vuelta al Perro”.
Aquí te vuelvo preguntar, si es que lo sabes, quién fue el ingenioso personaje que la bautizó, porque mejor no pudo ser. Igual, no sé qué hiciste para embrujar a tus moradores y hacerles disfrutar el simple hecho de dar vueltas y vueltas a una manzana.
Ese era el gran plan, en el que dicen que muchos saboreban las mieles de cupido o actualizaban cuaderno, mientras otros preferían deleitarse con los chorizos que al frente de la droguería Minerva, le coqueteaban a todo el que pasaba, con su aderezado aroma que se esparcía por toda la cuadra.
Pero ese pintoresco plan se fue diluyendo, ya tus calles no son las mismas y entre ventas de zapatos, gorras, peluches, cinturones, sombreros, camisetas, medias y hasta verduras, es difícil caminar.
¡Ah! y qué me dices de tus fiestas, porque “rumberita” como ninguna. Esos aguinaldos inolvidables en los que luego de celebrar en familia con las carrosas y comparsas, mandabas a los chinos chicos a dormir, destapabas el guaro o la manzanilla y tirabas paso del bueno con los Ocho de Colombia, Los Imperiales, Kubandé, “El Loco” Quintero, Los Corraleros y tantos otros. Todos abrazados, todos felices, todos reunidos sin barreras, sin discriminación alguna, terminábamos con el pelo espolvoreado de maizena y comiendo “chuzo” en cualquier esquina, a sabiendas que llegaríamos seguros a nuestras moradas, sin que las mujeres temieran ser violadas o los hombres atracados.
¡Ah tiempos aquellos mi amada Tunja!, en los que incluso sin muchos reparos, se aceptaba la existencia de “Luisito”, el primer gay declarado que tuvo la ciudad. Tiempos que difícilmente volverán, porque hoy nos estamos olvidando de tu existencia y te pedimos todo sin nada a cambio, te asfixiamos con el torbellino de un falso modernismo, sin darte las herramientas para sostenerlo.
Si he colaborado en ello perdóname Tunja de mi vida, invítame a reflexionar, porque igual te amo y quiero volverte a ver radiante y poderosa como en esas épocas que nos cuenta la remota historia; mientras tanto, acéptame un sincero y sentido feliz cumpleaños ciudad de mis ensueños.
Escrito por: Julio César Corredor
Tomado de: https://ultimahoraboy.com/
