Los últimos hechos que he visto y vivido esta semana han permitido en mí una lección sobre la naturaleza humana. Aunque resulte incómodo admitirlo, debemos entender que no podemos luchar todas las batallas al mismo tiempo, y que, por más que queramos proteger a todos, hay que elegir cuidadosamente por cuáles causas vale la pena desgastarse.

𝑷𝒐𝒓: 𝑮𝒊𝒏𝒂 𝑹𝒐𝒋𝒂𝒔 𝑯𝒐𝒚𝒐𝒔
Y es que para dar luchas hay que entender que nuestro mundo cercano está dividido en varios tipos de personas. Están quienes se atreven a ser valientes, aunque muchas veces esa valentía roce lo suicida. Están también los que se acomodan, los que flotan por donde los lleva la corriente, sin preguntas ni contradicciones, muchas veces repitiendo discursos impuestos por sus capataces. Y están los espectadores, quienes prefieren no ensuciarse las manos ni tomar partido, observando desde la distancia con una mezcla de prudencia y cobardía.
Pero hay otro grupo, más peligroso, del que poco se habla en público: el de quienes han alcanzado algún grado de poder —grande o pequeño— y no están dispuestos a soltarlo, cueste lo que cueste. A ese grupo hay que hablarle bajito, bajarle la cabeza y siempre aplaudir. Muchas veces se disfraza de salvador, pero termina estando confirmado por inquisidores. Desde esa trinchera disfrazada de liderazgo, lastiman sin pensar, sin medir, sin reparar. Estigmatizan, persiguen, señalan. Disfrazan intereses personales de causas colectivas y manipulan con un discurso paternalista que dice hacer el bien, mientras por debajo de la mesa pasan la guillotina. Hacen daño con palabras, decisiones y omisiones. Lo hacen porque pueden, porque creen que su posición lo justifica, porque nadie los detiene. Y porque han contado con la aprobación pasiva de los otros grupos, esos que en su supuesta neutralidad prefieren no ver más allá.
Estar en cualquiera de las primeras posiciones puede ser respetable, siempre y cuando no se utilice para hacer daño. Siempre y cuando el silencio no se convierta en complicidad ni opaque los gritos de quienes sí se atreven a alzar la voz.
Ser valiente conlleva riesgos. Ser espectador puede ser una forma de autoprotección. Seguir la corriente puede parecer una estrategia de supervivencia. Pero usar el poder para atropellar la dignidad, la integridad o la vida de otro no tiene justificación. Y tampoco la tiene que, viéndolo todo, los demás prefieran seguir cómodos, esperando favores o beneficios a cambio de su silencio.
Esta semana también entendí algo más, estar en una posición no nos da derecho a exigir que los demás estén allí con nosotros. Hay luchas que son propias, personales, incomprensibles para otros, y está bien que así sea. Cada quien decide desde qué lugar quiere actuar. Cada quien escoge su sitio en esta geografía moral que, alguna vez, tuvo valor cuando las palabras se traducían en hechos.
Pero hay algo que sí deberíamos tener claro todos y es que no hay liderazgo legítimo si su base es la humillación o el abuso. No hay autoridad válida si se impone desde el miedo.
Quizá no siempre podamos ser los valientes, y tal vez no todos quieran nadar contra la corriente. Eso está bien. Pero si ustedes, que leen esto, coinciden conmigo, deben saber que decir la verdad individual puede costar que acusen de atacar, exagerar o incluso mentir. Pero aún así, háganlo. Porque algún día todo se sabrá. Porque otra cosa que entendí esta semana es que si la lucha no se documenta, se olvida.
Si al final de esta columna no saben de qué lado están, o no entienden bien desde dónde hablo, que al menos nos quede un acuerdo básico: decidir no ser parte del daño. Asumir si alguna vez lo fuimos. Y recomponer, sin posar de palomas santas comprometidas con la gente, si no lo somos de verdad. Porque incluso esos pequeños actos de honestidad y reflexión, aunque parezcan mínimos, ya son profundos actos de dignidad.
Tomado de: Periódico El Tunjano
