El pasado domingo 15 de junio, mientras se celebraba el día del Padre, Colombia entera se vistió de blanco y de ilusión. 

Desde las montañas andinas hasta los llanos infinitos, desde las calles peregrinas de las capitales hasta los más humildes caminos veredales, una multitud silenciosa pero poderosa caminó al unísono, al ritmo del optimismo.

No llevaban pancartas estridentes ni gritos airados: llevaban el alma abierta, el corazón herido y la palabra hecha plegaria. Eran las Marchas del Silencio, un acto de profunda dignidad que trascendió el ruido para convertirse en un eco sagrado donde la omisión otorga. 

Allí estaban, millones de voces enmudecidas por el dolor, pero firmes como las luces en medio de la tormenta. Marcharon no sólo por Miguel Uribe, joven víctima de un cobarde atentado que tiñó de sombras la conciencia del país, sino por todos aquellos que han sido alcanzados por la violencia sin sentido, por la palabra envenenada, por la intolerancia que se disfraza de ideología. En cada paso se sintió el clamor de una nación que se resiste a la barbarie, que suplica justicia, que exige respeto.

“Fuerza Miguel”, “Fuerza Colombia” … fueron las frases que se elevaron como letanías en medio del mutismo. porque no hizo falta alzar la voz, porque el silencio lo dijo todo: lo exclamó con lágrimas, con manos entrelazadas, con velas encendidas como luciérnagas de credos en la noche.  Fue un silencio donde no hubo ausencia de sonido, sino presencia abrumadora del amor a la vida, de la defensa del otro, del anhelo terco que se niega a morir.

Colombia vuelve a vivir hoy uno de los capítulos más oscuros de su existencia institucional. Una etapa donde la agresión, ya sea con armas o con palabras, se ha convertido en el pan amargo de cada día, en titulares matutinos, en espejos tenebrosos para los infantes y en agresión constante al alma.

Las redes arden, las arengas envenenan, los extremos se alimentan del odio. Vivimos, tristemente, en un país convertido en un ring sin árbitro, donde todo se dice, todo se distorsiona, todo se destruye y todo se vale.

Y, sin embargo, como en todo drama humano, surge la luminiscencia. Las Marchas del Silencio son esa luz. Son la respuesta valiente de un pueblo que, aun sin escudos ni espadas, eligió la dignidad. Que, en vez de devolver el golpe, tendió la mano. Que, en lugar de incendiar, sembró. Porque callar con propósito no es claudicar; es resistir con inteligencia, es sanar con templanza, es construir desde lo más profundo del pálpito colectivo.

Que este eco no se apague. Que esta fuerza no se diluya, porque hoy más que nunca, Colombia necesita reflexión verdadera, no polarización hueca. Necesita diálogo abierto y coherente, no monólogos vacíos disfrazados de debate. Necesita unión por encima de la diferencia, voluntad por encima de la revancha y compromiso más allá del cálculo, venga de donde venga.

El dolor compartido nos une y la incertidumbre que hoy nos hiere debe ser semilla de un nuevo comienzo. No es momento de alimentar más odio, sino de convertir la tristeza nacional en causa común, de hacer realidad los románticos versos; porque las diferencias no deben ser trincheras sino puentes, y las ideas no deben ser armas, sino herramientas útiles para escalar la montaña y construir futuros posibles. 

La patria sangra, entre atentados, bombas, ultrajes, muerte y dolor, pero también respira y espera. Nos mira con ojos de madre inmaculada, y nos pregunta si seremos capaces de amarla más que a nuestros egos, más que a nuestras banderas, más que a nuestras verdades individuales. Porque Colombia no es de unos pocos: es de TODOS; y de TODOS depende que se salve.

Que el ejemplo de quienes marcharon sin odio, sin estruendo, sin vanagloria, nos inspire a ser mejores ciudadanos, mejores líderes, mejores seres humanos. Que no se pierda la memoria de un sagrado 15 de junio de 2025, cuando el silencio se alzó como la más poderosa de las exclamaciones.

Miguel se levanta. Colombia resiste. La patria no está sola. Aún hay amanecer y aún hay tiempo, para que TODOS sin excepción alguna, sin partidos ni colores, sin apasionamientos, sin mezquindades ni yoes, nos demos aquel abrazo que tanto añoramos; quizá para perdonar y ser perdonados, o tal vez para refugiar en el fraterno regazo, la fe vestida de esperanza.

Fuerza Miguel, Fuerza Colombia…

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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