Existe un abismo insondable entre la palabra y la acción y ahora más que nunca, vivimos en un mundo donde las peroratas fluyen con facilidad, donde las promesas se reparten como caramelos en tiempos de crisis, y donde la elocuencia se ha vuelto, muchas veces, una herramienta de conveniencia más queun compromiso de verdad.
En ese escenario de apariencias, cobra plena vigencia y sentido el dicho popular: “es más fácil decir que hacer”, un dictamen que encierra siglos de sabiduría popular y que sigue siendo espejo incómodo de nuestra conducta social.
Porque decir no cuesta. Decir es rápido, seductor y conveniente. Decir “yo les juro”, “yo les prometo”, “yo les aseguro”, “vamos a salir de esto”, es una fórmula mágica para comprar confianza instantánea, para pintar en el aire un futuro que quizás jamás se construya.
Lo dicen los políticos en campaña para endulzar el oído de quienes les gusta que les hablen con símiles de fantasía para adormecer su realidad, lo repiten los jefes para calmar la inconformidad de sus empleados, lo recita el ciudadano de a pie cuando quiere quedar bien, cuando desea evitar un compromiso, o cuando simplemente no sabe decir “no”. Decir es el camino corto, es el atajo cómodo que maquilla la inacción, como lo hacen los entrevistados ante los cuestionamientos inquisidores de la prensa.
En cambio, hacer implica esfuerzo, coherencia y sacrificio, porque hacer exige tiempo, voluntad, disciplina, constancia y responsabilidad. Hacer deja huella, mientras que decir, si no se concreta, arroja decepción y engaño.
Por eso, muchas veces, lo que se dice con tanta facilidad termina por convertirse en una herida cuando no se cumple y por ello, la promesa rota duele más que el silencio por cuanto, la palabra vacía se transforma en desconfianza. El “blablablá” constante desgasta el valor del lenguaje y transforma la palabra en humo.
Hay quienes hacen del discurso un espectáculo, un show, una rutina de promesas brillantes que cautivan por segundos, muy semejante al encantador de serpientes, que logra apaciguar las fieras con anestesie tramado, pero se desmoronan con los días y en ocasiones, la culebra despierta y clava sus colmillos empachados de veneno reprimido.
Nos acostumbramos a escuchar anuncios, juramentos, declaraciones de intenciones que se repiten una y otra vez, sin que haya una sola acción que respalde lo dicho o logre servir de evidencia de lo que se expone y se afirma.
Y no solo ocurre en la política, porque en las relaciones humanas también sucede, cuando alguien promete cambiar, ayudar, acompañar, pero al final todo queda en palabras. Porque decir es un refugio fácil. Hacer, en cambio, es un salto al compromiso y a la acción.
Este desfase entre lo dicho y lo hecho no solo pone en axioma una falta de integridad, sino que deteriora la credibilidad, mina las relaciones y genera una cultura del desencanto.
En sociedades como la nuestra, donde prima la apariencia sobre la sustancia, el “decir sin hacer” se ha convertido en una epidemia cotidiana y olvidamos que puede llegar a ser una oportunidad de cambio, toda vez que la coherencia entre palabra y acción es uno de los valores más revolucionarios que podemos recuperar.
No basta con decir que se va a construir, hay que construir. No basta con declarar que se va a transformar, hay que transformar. No basta con repetir “yo les juro”, “yo les prometo”, “yo les aseguro”, “yo les garantizo”, si cada expresión se convierte en otra forma de posponer, mentir, eludir, burlar y escapar.
En un mundo ideal, bastaría con dar la palabra. Un apretón de manos, una mirada firme y un compromiso sellado verbalmente deberían ser suficientes para pactar un acuerdo, cerrar un trato, iniciar una compraventa.
Pero, lamentablemente no vivimos en ese mundo, y estamos en una realidad en la que la palabra se ha desgastado, en la que el verbo ya no vale lo que solía valer, y en la que, tristemente, la confianza se firma con notario y se blinda con cláusulas porque ya nadie cree solo en lo que se dice.
Por eso existen las promesas de compraventa, porque hemos llegado al punto en que necesitamos dejar constancia jurídica de lo que se supone debería ser un acto de buena fe.
La promesa no es una formalidad inocente; es un escudo contra la mentira, una trinchera contra los encantadores de culebras, que abundan en los negocios. Es un documento que se levanta como muralla frente a quienes con absoluta vehemencia juran que van a comprar, aseguran que tienen el dinero, que ya casi, que falta poco, que están a punto de cristalizar un negocio… pero al final salen con “un chorro de babas”.
Por eso, este dicho no es una frase hecha, sino una advertencia, una alerta para no caer en el autoengaño ni en el teatro de la palabra vacía, porque decir es fácil, pero hacer… hacer es donde se mide la verdad del ser humano.
Y si queremos un mejor presente, una mejor comunidad o una mejor vida, debemos empezar a hablar menos y cumplir más para que los léxicos no sean refugio, sino acción, y que el decir no sea el final, sino el inicio de lo que verdaderamente importa: «Hacer»…
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
