En esta era actual saturada de voces, donde la inmediatez reemplazó la reflexión y la imagen pública se impone sobre la verdad íntima, una antigua sentencia conserva su vigencia esencial: «solo quien defiende al amigo en su ausencia merece llamarse amigo».

Y es que no se trata de un aforismo sentimental ni de una consigna moralista; es, en esencia, una afirmación sobre la dignidad humana y la ética del vínculo, porque la amistad, cuando pierde su dimensión ética, se convierte en conveniencia emocional o en un simple acuerdo de supervivencia social.

Defender al ausente, sin testigos, sin recompensa y sin cálculo, constituye uno de los actos más exigentes de coherencia moral, y en una acción que muy pocos practican, porque les es más fácil jugar a la doble moral antes que fijar una posición fidedigna que legitime el verdadero carácter de la rectitud y la honestidad a toda prueba.    

La historia de la civilización podría leerse, en parte, como la leyenda de las lealtades y sus fracturas porque detrás de los grandes episodios de la humanidad, siempre ha existido el dilema entre la fidelidad y la traición.

Sócrates tuvo discípulos que, al ser testigos de su condena, optaron por el exilio antes que por la complicidad con la injusticia. Platón no solo fue su cronista, sino su defensor póstumo: custodió su pensamiento ante una polis que prefirió el escarnio al diálogo.

En contraste, la figura de Bruto, el conspirador que justificó el asesinato de César en nombre de la república, plantea el dilema de la traición “virtuosa”: ¿es la lealtad a la persona superior a la lealtad al principio? Esa tensión, aún vigente, marca el núcleo de la ética política y moral.

Defender al amigo ausente no es una forma de sentimentalismo, sino un ejercicio racional de justicia toda vez que, cuando el otro no está para hablar, la palabra del testigo se convierte en un acto de reparación o en un instrumento de agravio.

Versados en la materia señalan que la verdadera amistad, en su dimensión filosófica, no se sostiene en la proximidad física, sino en la integridad simbólica. Aristóteles entendió que la philia, la amistad virtuosa, era un reflejo de la excelencia moral: se elige al amigo por su virtud, no por su utilidad, de ahí que traicionar su nombre en su ausencia equivalga a vender el propio concepto de virtud.

La modernidad, sin embargo, ha desplazado esa noción clásica hacia un territorio de superficialidad y la amistad se volvió exhibición y la lealtad, un acto de oportunidad. En las redes sociales, la defensa del otro suele ser una puesta en escena, porque se defiende para ser visto, no para ser justo.

La ética de la presencia ha sustituido la ética del silencio y defender al amigo en su ausencia, cuando nadie aplaude, cuando la defensa no otorga prestigio, implica ir contra la corriente de una cultura que convirtió la reputación en mercancía y el rumor en moneda de intercambio.

En los anales de la historia abundan amistades que resistieron el tiempo y la persecución. Thomas More y Erasmo de Róterdam, símbolos del humanismo renacentista, mantuvieron una amistad fundada en el pensamiento, no en la conveniencia. Cuando More fue acusado y condenado, Erasmo no lo abandonó en el descrédito, aunque su silencio público fue interpretado como tibieza, y es que, en realidad, lo defendió con la herramienta más poderosa de su tiempo: la palabra razonada.

En sus cartas, lo describió como el hombre que “murió por fidelidad a la verdad más que por desobediencia al poder” y esto nos enseña que defender al amigo, incluso desde la discreción, es también una forma de resistencia ética.

En la historia política de América Latina, la amistad ha sido un territorio ambiguo. Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander simbolizan el conflicto entre la admiración y la ruptura y entre la lealtad al ideal y la deslealtad al individuo.

Cuando el proyecto republicano se fragmentó, ambos encarnaron una tragedia de amistad: dos hombres que se respetaron profundamente, pero que no supieron defenderse en ausencia.

En sus cartas se percibe la herida y la falta de defensa mutua que los convirtió en antagonistas de una misma causa y en esa lección histórica, la fragilidad del vínculo frente al poder, demuestra que la amistad, sin coraje moral, se reduce a diplomacia soterrada.

La defensa del ausente es, en términos éticos, un acto de restitución simbólica y en ella se condensan la empatía, la prudencia y la valentía, ya que no se defiende por afinidad, sino por convicción de justicia.

Cuando alguien es difamado o desfigurado en su ausencia, lo que está en juego no es solo su reputación, sino la consistencia moral del entorno en el instante en que cada palabra que calla o se pronuncia define de qué lado de la historia quedamos.

Defender al otro, incluso sin conocer todos los matices, no es ingenuidad sino confianza ética, es decir, creer que el amigo merece, al menos, el beneficio del contexto.

La tradición judeocristiana también ofrece una mirada radical sobre la lealtad y en el relato evangélico, Pedro niega tres veces a su maestro, pero lo hace bajo el miedo, no por desdén. Judas, en cambio, traiciona por cálculo y esa diferencia, entre el miedo y la conveniencia, ha atravesado los siglos como una frontera moral.

En el mundo contemporáneo, la cobardía social suele disfrazarse de prudencia, porque preferimos no intervenir cuando el ausente es atacado, para no “involucrarnos”, pero realmente el silencio, en estos casos, no es neutralidad, es una forma pasiva de complicidad.

Desde la filosofía política, Hannah Arendt recordaba que el mal no necesita de monstruos para manifestarse, sino de individuos que renuncian a pensar y actuar y en ese sentido, no defender al amigo ausente, por comodidad, por cálculo o por miedo al conflicto, es una expresión discreta de la banalidad del mal, porque se participa del agravio sin pronunciar palabra, se abdica del juicio moral y se permite que la mentira o la deformación se impongan como verdad.

En el periodismo, este dilema adquiere una dimensión particular, por cuanto defender al ausente implica salvaguardar el principio de presunción de inocencia, pero también el de veracidad y en una profesión donde la reputación puede destruirse en un titular, la lealtad ética no consiste en encubrir, sino en garantizar el equilibrio, es decir, contrastar, verificar y resistir a la presión del escándalo.

En este caso, la defensa no se hace por amistad personal, sino por fidelidad a la verdad como valor universal y, aun así, la esencia es la misma: proteger al ausente de la injusticia de la palabra sin sustento.

Defender al amigo ausente es entonces una manera de preservar el sentido del lenguaje y en la era de la desinformación, donde la palabra se degrada al servicio de intereses, la lealtad se convierte en un acto de higiene moral, porque al cuidar el nombre del otro, cuidamos también el valor de la palabra que lo nombra; y no hacerlo es contribuir al deterioro del sentido, permitir que el rumor se imponga como forma de conocimiento y que la mentira se normalice como mecanismo de convivencia.

Por eso, la frase con que inicié mi reflexión, “solo quien defiende al amigo en su ausencia merece llamarse amigo”, no debe entenderse como un ideal romántico, sino como una regla ética de supervivencia humana.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *