La movilidad en Bogotá se ha convertido, con el paso de los años, en una de las expresiones más visibles del fracaso estructural de la planificación urbana en Colombia.
Lo que debería ser un sistema articulado, eficiente y acorde con las exigencias de una metrópoli contemporánea, se ha transformado en un escenario cotidiano de desgaste humano, improductividad económica y atraso institucional que ubica a la capital de la República en un vergonzoso podio latinoamericano de congestión vehicular.
Diversos estudios internacionales han evidenciado esta crisis con cifras contundentes y los informes de medición global del tráfico urbano han señalado reiteradamente que Bogotá se encuentra entre las ciudades con mayores niveles de congestión en América Latina y entre las más afectadas del mundo.
En términos prácticos, ello significa que los ciudadanos pueden perder entre 100 y 130 horas al año atrapados en trancones, lo que equivale a varios días completos de vida desperdiciados en la inmovilidad.
Este fenómeno no es únicamente un problema de transporte, sino que constituye una grave distorsión de la productividad nacional, pues miles de trabajadores, estudiantes, empresarios y ciudadanos destinan una parte sustancial de su tiempo a un desplazamiento que, en condiciones normales, debería ser breve y razonable.
La paradoja resulta aún más dramática si se observa el contexto histórico en el que ocurre porque vivimos en el siglo XXI, una era caracterizada por la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la automatización de sistemas urbanos y la planificación basada en datos.
Sin embargo, en el corazón de Colombia, la movilidad parece haberse quedado atrapada en una lógica arcaica de improvisación, congestión permanente y soluciones parciales que nunca logran atacar la raíz del problema y en lugar de evolucionar hacia un modelo metropolitano moderno, la capital continúa replicando patrones de crecimiento desordenado y dependencia excesiva del transporte individual.
El drama se vuelve aún más evidente en la relación entre Bogotá y los municipios de la Sabana. Miles de personas que residen en localidades como Chía, Cajicá, Zipaquirá, Cota o Tocancipá deben iniciar sus desplazamientos con más de tres horas de anticipación si pretenden cumplir con una diligencia o jornada laboral en la capital.
Entrar a Bogotá se ha convertido, para muchos ciudadanos, en una auténtica odisea diaria. Las vías avanzan a empujones de segundos, como si el flujo vehicular se moviera por inercia más que por diseño y trayectos que en condiciones normales deberían tomar entre diez y quince minutos terminan convertidos en verdaderas expediciones de tres o incluso cuatro horas, cuando ocurre algún accidente, un vehículo varado o una obra inconclusa que colapsa el sistema.
El problema no es nuevo porque durante décadas se ha debatido en foros académicos, escenarios políticos y espacios técnicos. Planes de movilidad, promesas de infraestructura, estudios de factibilidad y anuncios de soluciones han pasado de administración en administración, de derecha a izquierda, de izquierda a centro y de unos a otros sin lograr una transformación estructural que logre terminar la pesadilla inhumana.
La falta de coordinación entre Bogotá, el estado nacional y los departamentos circundantes, particularmente Cundinamarca y Boyacá, ha profundizado la crisis y mientras la expansión urbana continúa avanzando hacia la Sabana, las vías de acceso permanecen iguales o peor, incapaces de absorber la creciente presión demográfica y económica.
En términos de desarrollo urbano, esta situación revela una falla inmensa de gobernanza territorial, porque Bogotá ya no es simplemente una ciudad; es el núcleo de una región metropolitana de millones de habitantes que exige planificación integrada, corredores de transporte masivo eficientes y una visión de largo plazo, y sin embargo, las decisiones siguen fragmentadas entre múltiples autoridades, agendas políticas coyunturales, arrogancias y posiciones administrativas absurdas y proyectos inconclusos que rara vez logran consolidarse.
La consecuencia es una ciudad que avanza a velocidades del siglo pasado mientras el mundo transita hacia modelos inteligentes de movilidad. Sistemas ferroviarios regionales, redes metropolitanas integradas, corredores de transporte de alta capacidad y soluciones tecnológicas de gestión del tráfico son hoy realidades en muchas ciudades del planeta. Bogotá, en cambio, continúa atrapada en una congestión crónica que deteriora la calidad de vida de millones de ciudadanos.
La movilidad de la capital colombiana no es solo un problema de tráfico: es un síntoma de una planificación urbana que durante décadas ha carecido de visión estratégica y mientras no exista una transformación cierta que articule infraestructura, transporte regional y gobernanza metropolitana, la ciudad seguirá condenada a una paradoja dolorosa: ser el corazón económico del país, pero también uno de los territorios donde moverse se ha vuelto más difícil, más lento y más desesperante.
En pleno siglo de la inteligencia artificial, la capital de Colombia y sus zonas limítrofes, continúan librando una batalla diaria contra el tiempo, el espacio y la inercia de un sistema que parece incapaz de evolucionar, tema que incluso no se escucha ni se escuchó en las peroratas de los candidatos a congreso, cámara, alcaldía de Bogotá y presidencia, porque saben que decir o prometer algo es jugarse una carta que terminará por pasarles la cuenta de cobro.
No hay derecho, señores gobernantes, no hay derecho, señoras y señores políticos.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
