Hay palabras que parecen tan obvias que terminamos olvidando su verdadero significado y una de ellas es la convivencia.
La pronunciamos con frecuencia, la exigimos a los demás y hasta reclamamos que las instituciones la garanticen, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente convivir.
Y es que convivir no es simplemente compartir un espacio, no es vivir en el mismo edificio, caminar por la misma calle, utilizar el mismo parque, sentarnos en la misma cafetería o pertenecer a la misma comunidad. Convivir significa aceptar que no estamos solos y que nuestras decisiones, por pequeñas que parezcan, pueden afectar la tranquilidad, la seguridad, la libertad y los derechos de quienes nos rodean.
Así las cosas, la convivencia es probablemente el determinante fundamental de cualquier sociedad y allí donde termina el instinto individual y comienza la necesidad de compartir con otros, aparecen las reglas, las normas, los acuerdos y las leyes; no porque al ser humano le guste que le impongan límites, sino porque ninguna sociedad podría sobrevivir si cada ciudadano decidiera que su voluntad personal está por encima del interés colectivo.
Aquí aparece una paradoja sorprendente de nuestro tiempo: todos queremos que los demás respeten las normas, pero cada vez encontramos más razones para considerar que las nuestras son negociables.
Por otra parte, nunca antes las mascotas habían ocupado un lugar tan importante en los hogares y para millones de personas, un perro o un gato dejó de ser simplemente un animal de compañía para convertirse en un integrante de la familia. Se les compra ropa, juguetes, camas, alimentos especiales, se les celebran cumpleaños, se les lleva al peluquero y, en algunos casos, reciben tratamientos y atenciones que muchos seres humanos mirarían con cierta envidia.
Nada de eso tendría problema alguno si el afecto por nuestras mascotas no comenzara, en determinadas circunstancias, a convertirse en una curiosa teoría del derecho privado: “como yo amo a mi perro, todos los demás tienen que aceptar lo que haga mi perro”. Ahí comienza el verdadero debate contemporáneo sobre la convivencia.
El perro hizo popó en el parque. “Señora, su perro acaba de hacer sus necesidades. “Sí, ya la voy a recoger”. Y asunto resuelto. Pero no siempre. Aparece entonces el propietario que mira hacia otro lado, acelera el paso y pretende que la materia fecal desaparezca por intervención divina. O aquel que responde con absoluta tranquilidad: “Eso lo hace cualquier perro”. Como si la universalidad de una conducta la convirtiera automáticamente en legítima.
Y está también el famoso poste. El perro levanta la patita y deja su correspondiente marca territorial sobre el poste, la fachada, la jardinera, la llanta del vehículo o, para completar el repertorio, la puerta de la casa ajena. “¡Pero es que es un perro!”. Claro que es un perro. Precisamente por eso existe un propietario responsable detrás de él.
La discusión no consiste en impedir que el animal tenga comportamientos naturales sino en establecer hasta dónde puede llegar ese comportamiento cuando se desarrolla en un espacio compartido; porque una cosa es que el perro levante la pata y otra muy distinta que el propietario considere que, por tratarse de un comportamiento natural del animal, nadie puede reclamarle absolutamente nada.
Y luego viene la correa. “Su perro debe ir con correa”. “Pero él es muy noble”. “No le hace nada a nadie”. “Puede soltarlo; él me obedece”. Y aparece una de las frases más peligrosas de la convivencia moderna: “Mi perro no hace nada”.
El problema es que nadie sabe qué puede hacer un animal en determinadas circunstancias, ni cómo reaccionará otro perro, ni cómo responderá una persona que tiene miedo, ni qué ocurrirá cuando un niño salga corriendo, cuando un motociclista pase cerca o cuando dos animales se encuentren inesperadamente, es decir, que la responsabilidad no puede construirse sobre la confianza absoluta en que “nunca ha pasado nada”.
Y cuando se trata de perros con comportamientos agresivos o que, por sus características, requieren medidas especiales de manejo, aparece otra discusión: “¿Por qué le voy a poner bozal si mi perro es bueno?” La respuesta debería ser sencilla: porque la responsabilidad no comienza después del incidente; comienza antes. El bozal, cuando corresponde, no es un castigo. La correa no es una humillación. Recoger los excrementos no es una cortesía opcional. Son mecanismos elementales de convivencia.
Pero también hay que decirlo desde el otro lado porque tampoco puede convertirse la convivencia en una persecución permanente contra quienes tienen mascotas y no todo ladrido constituye una perturbación, no todo movimiento de un perro representa una amenaza y no todo contacto accidental justifica una batalla campal entre vecinos. Porque también existe el ciudadano que pretende que ningún perro pueda pasar cerca de su puerta, que ningún animal pueda ladrar, que nadie pueda utilizar una zona común porque a él le incomoda y que cualquier situación relacionada con mascotas debe resolverse prohibiendo la presencia de animales.
Y entonces descubrimos algo fascinante: en la convivencia todos tenemos una versión en la que somos las víctimas y los demás son el problema. El dueño del perro cree que el vecino exagera. El vecino cree que el dueño del perro es irresponsable. El que escucha música considera que los demás son intolerantes. El que soporta la música considera que el vecino es un abusivo. El conductor que se estaciona donde no debe dice que “solo fueron cinco minutos”. El peatón que necesita pasar considera que cinco minutos también son una forma de atropello. El que arroja basura piensa que alguien la recogerá. El que limpia piensa que la sociedad se está acostumbrando a que otros hagan el trabajo que nadie quiere hacer.
Y así, en esa interminable colección de pequeñas contradicciones, se va construyendo o destruyendo la convivencia, porque el problema de fondo no es la mascota, el ruido, el parque, el estacionamiento, la basura o el poste. El problema somos nosotros cuando creemos que nuestros derechos terminan donde empiezan nuestras comodidades, pero los derechos de los demás comienzan solamente cuando afectan las nuestras.
Toda sociedad necesita normas precisamente porque los intereses individuales inevitablemente entran en conflicto y las leyes, los reglamentos y los acuerdos de convivencia no fueron creados para impedirnos vivir, sino para permitirnos vivir juntos.
Una sociedad sin reglas no sería una sociedad más libre; sería una sociedad sometida a la ley del más fuerte, del más ruidoso, del más agresivo o del que tenga menos escrúpulos para imponer su voluntad.
Por eso resulta tan preocupante la creciente cultura de la excepción y esa costumbre de considerar que las normas deben cumplirse siempre por los demás, pero pueden flexibilizarse cuando nos afectan personalmente.
Queremos que el vecino recoja la popó de su perro, pero consideramos exagerado que nos llamen la atención porque el nuestro orinó donde no debía. Queremos que los demás conduzcan correctamente, pero reclamamos cuando una norma de tránsito nos impide estacionarnos donde nos conviene.
Exigimos respeto por nuestra tranquilidad, pero consideramos una intromisión que alguien nos pida bajar el volumen. Reclamamos seguridad, pero cuestionamos las medidas que pretenden garantizarla cuando afectan nuestra comodidad y queremos derechos de primera categoría y responsabilidades de segunda.
La convivencia exige reciprocidad ya que es un contrato social cotidiano en el que todos cedemos algo para que todos podamos disfrutar de algo mucho más importante: la posibilidad de vivir juntos sin convertir cada diferencia en una batalla.
El verdadero civismo no se demuestra únicamente cuando participamos en grandes acontecimientos, cuando levantamos una bandera, cuando pronunciamos discursos sobre democracia o cuando reclamamos justicia. Se demuestra cuando hacemos fila, aunque nadie nos vigile; cuando dejamos libre una rampa; cuando respetamos un espacio reservado; cuando bajamos el volumen; cuando no arrojamos basura; cuando recogemos las necesidades de nuestra mascota; cuando llevamos el perro con correa; cuando utilizamos el bozal si es necesario; cuando entendemos que no todas las personas quieren acercarse a nuestro animal.
También se demuestra cuando aceptamos que nuestro vecino puede tener una sensibilidad diferente, una costumbre diferente o incluso una opinión completamente contraria a la nuestra.
Significa tener la capacidad de vivir con quien piensa diferente sin convertir la diferencia en una agresión; allí está la verdadera dimensión de la convivencia toda vez que no consiste en eliminar el conflicto, porque el conflicto es inevitable.
Consiste más bien en aprender a administrarlo y en comprender que las diferencias forman parte de cualquier sociedad y que la civilización comienza precisamente cuando dejamos de resolverlas mediante la imposición y aprendemos a hacerlo mediante el diálogo, las normas y el respeto.
Por eso, quizá deberíamos mirar con mayor seriedad esas pequeñas discusiones que parecen insignificantes. La pelea porque un perro hizo popó. La discusión porque levantó la patita en el poste. El reclamo porque salió sin correa. El enfrentamiento porque “el suyo asustó al mío”. La molestia porque alguien no quiere que su mascota entre en determinado espacio.
Parecen asuntos menores, pero contienen una pregunta enorme: ¿Hasta dónde llega mi derecho y dónde comienza el derecho del otro?
Esa pregunta está en el centro de cualquier sociedad civilizada, porque si no somos capaces de resolver con madurez el pequeño conflicto del parque, difícilmente podremos resolver los grandes conflictos de la nación.
Si no aprendemos a respetar una norma cuando nadie nos está vigilando, poco podremos exigir de las instituciones cuando otros incumplen normas que sí nos afectan.
Si creemos que nuestra comodidad está por encima de la tranquilidad colectiva, estaremos formando una sociedad en la que cada ciudadano construye su propia ley. Y cuando cada uno tiene su propia ley, deja de existir la convivencia y a lo mejor por eso el gran desafío de nuestro tiempo no es crear más normas, sino recuperar algo mucho más elemental: la cultura de cumplirlas.
No necesitamos convertir cada diferencia en una disputa jurídica, ni cada desacuerdo en una guerra entre vecinos. Necesitamos recuperar el sentido común, esa antigua y casi olvidada capacidad de comprender que vivir con otros supone límites, responsabilidades y concesiones.
Porque la libertad no consiste en hacer absolutamente todo lo que queremos. La libertad consiste en poder hacer lo que legítimamente nos corresponde sin impedir que los demás puedan hacer lo que legítimamente les corresponde. Y quizá allí encontremos la verdadera esencia de la convivencia.
Porque el perro puede ser parte de la familia, pero el parque sigue siendo de todos. El dueño tiene derecho a disfrutar de su mascota, pero el vecino también tiene derecho a caminar tranquilo. El animal puede tener comportamientos naturales, pero su propietario tiene responsabilidades. El ciudadano puede exigir sus derechos, pero también debe cumplir sus deberes y la sociedad puede reclamar libertad, pero jamás podrá sostenerla sin responsabilidad.
Al final, convivir es mucho más que compartir una calle, un edificio, un barrio, una ciudad o un país. Convivir es reconocer que nuestras acciones tienen consecuencias sobre los demás y que la libertad individual solamente adquiere verdadero valor cuando está acompañada de responsabilidad colectiva.
Quizá la próxima vez que alguien diga: “Mi perro no hace nada”, “solo fueron cinco minutos”, “eso no molesta a nadie” o “a mí nadie me puede decir qué hacer”, deberíamos recordar que detrás de esas pequeñas frases se encuentra una de las grandes preguntas de la vida en sociedad.
No se trata de quién tiene la razón absoluta. Se trata de si somos capaces de entender que también tenemos la obligación de hacerle espacio al otro en el mundo que compartimos, porque una sociedad no se deteriora únicamente cuando se violan las grandes leyes, sino que también empieza a deteriorarse cuando sus ciudadanos dejan de respetar las pequeñas reglas que hacen posible la vida cotidiana.
Y quizá esa sea la paradoja de nuestro tiempo, porque queremos una sociedad respetuosa, tolerante, segura y organizada, pero seguimos creyendo que las normas son excelentes… siempre y cuando sean los demás quienes tengan que cumplirlas.
La convivencia, finalmente, no consiste en que todos hagan lo que quieren. Consiste en que todos aprendamos a vivir respetando aquello que nos pertenece a todos: el espacio, la tranquilidad, la dignidad y los derechos de los demás.
Porque convivir no es simplemente vivir juntos. Convivir es aprender a vivir con otros. Y esa, por sencilla que parezca, continúa siendo la regla más difícil de cumplir.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
